Gracias totales

1.9.11 42 Comments


Yo trabajo. Me encantaría tener plata suficiente para vivir sin hacerlo, pero ya ven… no tengo tanta suerte.

Ayer, muchos supieron –en parte– en qué trabajo, o he trabajado. Un medio se encargó de difundirlo, como si tuviera algún valor periodístico. Otro replicó la información, con serias imprecisiones.

De todo esto saco algunas conclusiones:

1. No me equivocaba cuando empecé, en 2007, mi blog bajo un seudónimo, o cuando en 2009 comencé en Twitter bajo la misma chapa. ¿Por qué lo hice así? Porque sé de los prejuicios de este país, y no quería que mi nombre, colegio, universidad, familia o profesión influyeran en cómo se leían mis opiniones. Durante casi 5 años opiné de todo, y las opiniones se pesaron por sí mismas (en su escaso o nulo peso), no por quién las emitía. Creo que fue un acierto.

2. La idiotez abunda. Ser incapaz de diferenciar lo que hago profesionalmente de lo que tuiteo u opino de manera personal no resiste análisis. La diferencia está en que hay muchos, demasiados, sentados cómodos frente a sus computadores o con sus smartphones, guerrilleros de escritorio, disparando a lo que se cruce. Sigan ahí, yo también lo haré. Pero también voy a hacer algo en 3D. De los que mezclan, además, temas familiares, ni siquiera voy a hablar. Sería darles una importancia que no tienen.

3. Trabajar para o en un gobierno no significa estar de acuerdo con todo lo que hace. Conocí a muchos que, sin compartir la ideología política del gobierno, hacen un tremendo trabajo en sus áreas. Mientras se pueda mantener libertad para opinar, la pega es pega. Si me hubieran pedido censurarme o medirme en mis comentarios –cosa que nunca hicieron– no lo hubiera aceptado.

4. Voy a seguir tuiteando. Tal vez incluso retome antes de lo pensado un espacio como columnista al que renuncié por la violencia ambiente. Porque quiero. Porque puedo. Porque mientras haya un espacio para opinar, lo voy a seguir haciendo. Porque me gusta y me entretiene.

5. Esto, al final, fue un favor. Me libraron del personaje, que ya se venía arrastrando hace tiempo. Voy a mantenerlo, sabiendo-que-saben, solo por darme el gusto de no matarlo. Le agarré cariño, qué quieren que les diga. Así que a los que creyeron que con esto me perjudicaban: gracias totales.

6. Agradecer a muchos –algunos conocidos, otros no– que entendieron de qué se trata todo esto.

7. A los que son incapaces de entenderlo, o me atacan por mi apellido, mi trabajo o mis parentescos, dejen de seguirme y se soluciona el problema. O, si prefieren, tomen un par de huevos, un poco de aceite y sal a gusto y hagan una buena dosis de mayonesa casera. Acuérdense, eso sí, de lavar bien los huevos. No queremos lamentar desgracias.

The Social Network (o una pésima reseña de una buena película)

29.10.10 13 Comments


Partamos sincerándonos: no soy crítico de cine, ni pretendo serlo. De hecho, aunque me gusta, voy poco a ver películas. Trabajo, vida familiar. Bueno, razones –excusas, si se quiere– hay muchas. El punto es que esta semana fui a ver The Social Network. La película, no la persona, se entiende. Y aunque, ya está dicho, no soy crítico de cine, acá va mi opinión.

Para comenzar, no iba muy motivado. Aunque tengo cuenta de Facebook, no me gusta. Demasiado tiempo, demasiada información, gente de la que no me interesa saber –no toda, claro, pero mucha–, demasiado de todo. Yo fui de los que pasó del blog a Twitter. En Twitter me quedé, aunque a veces, cada vez menos, vuelva al blog. ¿Una película de Facebook? Partíamos mal, aunque había leído algunos buenos comentarios.

La película es entretenida, de eso no hay duda. La historia de la creación de Facebook, con Mark Zuckerberg robando la idea, traicionando a su mejor –único, en realidad– amigo, los juicios… todo funciona. Buenas actuaciones (incluso de Justin Timberlake, en el papel de Sean Parker, fundador de Napster y socio minoritario de Facebook), buenas tomas (mal que mal, dirige David Fincher) y una banda sonora espectacular, obra de Trent Reznor, de Nine Inch Nails.

El papel de Zuckerberg, interpretado por Jesse Eisenberg, es notable. Un nerd en toda su expresión (como probablemente sea el personaje en el que se basa), con un sentido del humor bastante especial y una falta de adaptación social casi sin límites. Un nerd de libro, básicamente.

Sorprende ver a actores desconocidos –al menos para mí– a los que se les cree, probablemente porque no están encasillados ni identificados con otro personajes o con un tipo de papeles determinados.

Dicen –¿han visto expresión pero que “dicen”, tan etérea, tan poco confiable? – que debería tener varias nominaciones al Óscar. Me juego por banda sonora y mejor dirección, por lo menos. No es que se las vaya a ganar, pero nominación, creo que sí.

Releo lo que he escrito y no me gusta nada. No refleja lo que quería decir. Ni modo, ¿dije que no soy crítico de cine? Eso me pasa por meterme a comentar de cosas de las que no tengo idea. Sé, eso sí, que la película me entretuvo, y que si alguien me pregunta –cosa poco probable, en cualquier caso– se la recomendaría. Y sé también que tengo que empezar a ver películas con menos prejuicios, o acostumbrarme a la sorpresa de encontrar una buena película donde esperaba encontrar un desastre. Tal vez sea la mejor opción.

P.D. La foto la "tomé prestada" de Andes Films. No vaya a ser cosa que por no citarlos se me enojen. Si ellos la tomaron prestada de otra parte, ni idea.

A tomárselo con humor

20.5.10 60 Comments


¿Cómo puede el humor, ese atributo tan valorado, presumido, anhelado en tiempos “normales”, ser sin embargo despreciado, negado e incluso censurado en momentos difíciles? ¿Qué es lo que nos arrastra a esta suerte de bipolaridad social, que nos lleva a renegar de todo lo que huela a mínimamente gracioso cuando estamos en problemas?


Millones y millones se pagan a los humoristas para que nos hagan reír cuando tenemos motivos de sobra para hacerlo, pero ¡ay! de quien ose hacer un chiste cuando los ánimos están a mal traer. Paradójico el humor: cuando más se le necesita, menos se le acepta.


“La risa abunda en la boca de los tontos”, recuerdo haber escuchado en mi infancia. Errónea apreciación. Nefasta, por la relación –confusión, acaso– entre risa y humor. Desde niños nos enseñan a ser serios. A comportarnos “como corresponde”. A actuar apropiadamente, a sentarnos derechos, a no interrumpir a los mayores. A adecuarnos a las normas y usos sociales, al fin.


Ya adultos nos damos cuenta de que el humor no es tontera, sino al contrario, muestra de inteligencia. Pero ya es tarde. Porque el humor no se compra en la farmacia. El humor se aprende, se absorbe desde niño. Se cultiva. Sobre todo se cultiva. Para el que no lo hizo a tiempo, no hay vuelta atrás. ¡A enseñárselo a nuestros hijos!


Lamentablemente, incluso quienes habitualmente gozan de un notable sentido del humor reaccionan ariscos ante un chiste lanzado en un momento “inoportuno”. ¿Qué hay detrás de eso? Tal vez son los sermones de padres, profesores, adultos en general, que cuando niños nos enseñaban lo que debía y no debía hacerse, que vuelven a nuestra mente. Resuena la letanía no-te-rías-no-te-rías-no-te-rías-no-te-rías. Eso no es divertido, eso no es gracioso. Eso no, eso no.


¿Por qué no? Si es socialmente aceptado como un atributo deseable, ¿por qué limitarlo? ¿Por qué reservarlo para ciertas reuniones sociales, momentos acotados de nuestra vida? No podemos –no corresponde, nos enseñaron– sacarlo a relucir en reuniones formales, momentos solemnes, situaciones complicadas. Cuando de verdad se lo necesita.


Tengo algunos recuerdos tristes de mi vida. Momentos difíciles, pérdidas, dolores que llevo conmigo hasta hoy. Sin embargo, no recuerdo ninguno de ellos sin algún espacio de risa, de humor intenso. Carcajadas algunas veces, risas solapadas las más. Los momentos de mayor–y más negro– humor de mi vida han sido durante trances difíciles. Funerales, momentos de dificultad familiar o personal. Siempre la risa me ha ayudado.


El humor, me he convencido a lo largo de mi vida, es una manera de ser. Una forma de enfrentar la vida. Y no hablo de andar de payaso por el mundo, de ser el bufón de la corte. No se trata de eso, sino de tener la capacidad de ver lo divertido, lo ridículo, lo gracioso que encierran todos los momentos de la vida, por difíciles que sean. La capacidad, también, de reírse de uno mismo, que es –creo– la base sobre la que descansa el verdadero humor.


No todo puede ser tan grave. Venimos al mundo –y muchas veces nos vamos de él– entre llantos. ¿Por qué no tratar de compensar esa inefable verdad riéndonos a destajo, con dolor de guata y lágrimas, mientras podamos? “Con la muerte no se hacen bromas”, he escuchado una y otra vez. ¿Por qué no? ¿No vamos todos, acaso, irremediablemente en esa dirección? ¿Qué es lo que hace, o debería hacer, a la muerte tan sagrada que no podamos reírnos de ella mientras tenemos tiempo? Mal que mal, finalmente será ella la que se ría de nosotros, por lo que deberíamos al menos tomarle un poco de ventaja.


Seamos más insolentes, menos serios, más graciosos y menos severos en nuestra vida. Pero hagámoslo bien: pongámoslo en práctica cuando parece que no se puede, cuando todos nos censuren por hacerlo. Cuando la reprobación sea generalizada. Reventemos el contexto, mostremos que, sin dejar de lado los sentimientos difíciles, podemos reír. Seamos subversivos, refractarios, ganémosle el espacio a la seriedad, el dolor y la tristeza a punta de humor. ¿Que ese humor es demasiado negro? Tal vez, pero me tiene sin cuidado: no soy racista.

Las cañas

18.1.10 67 Comments

La caña, conocida también como resaca, estar con la mona o –para quienes gustan de usar anglicismos, hangover– es ese terrible despertar con secuelas luego de una noche desordenada. Aunque la más común –o al menos la más conocida– es la clásica caña producto del exceso de alcohol, no es la única. Porque hay muchas sustancias, situaciones, circunstancias que pueden desencadenar estos síntomas. Y por supuesto, las soluciones para cada uno de estos cuadros es diferente. Eso cuando hay solución, porque hay cañas irremediables.

A continuación, una breve reseña de algunas cañas. Con seguridad no son todas las que existen. Pero para completar la lista están ustedes, estimados, estimadas. De seguro varios de ustedes tendrán experiencia al respecto.

La caña alcohólica: es, ya está dicho, la más común. Luego de una noche de desenfreno etílico, el despertar de la mañana siguiente suele ser cargado al dolor de cabeza, problemas estomacales y boca reseca, pastosa. En muchos casos se suman los ojos rojos y ardiendo, lo que en conjunto con los demás síntomas, puede ser un verdadero infierno. ¿Soluciones? No muchas: ingerir líquido en grandes cantidades, tratar de dormir algunas horas extra, tomar paracetamol o algún otro calmante del dolor. Evitar, por supuesto, los decibeles excesivos.

La caña de cigarro: menos conocida que la caña alcohólica, la caña de cigarro se manifiesta principalmente en la garganta rasposa, la voz un par de tonos más baja que lo habitual y algo de tos. Dependiendo de la cantidad de tabaco/nicotina/alquitrán aspirados, los síntomas serán más o menos intensos. Se suma, por lo general, una aversión intensa al olor a cigarro, que obviamente impregna la ropa, el pelo y todo, todo lo que lo rodea. ¿Solución? Ninguna. Los remedios para el dolor de garganta algo alivian, pero créanme, no demasiado. Solo queda esperar a que pasen los síntomas. Paciencia, y no se le ocurra prender el primer cigarro del día en horario AM.

La caña electoral: es la que afecta a los perdedores al día siguiente de una elección. Esa amargura en la boca, esa sensación de haber podido hacer algo para obtener el triunfo, la idea de que el vencedor no merecía la victoria. Los síntomas son más o menos severos dependiendo del compromiso político del afectado. Generalmente, mientras más comprometido, mayor caña. En el Paradójicamente, son los más afectados quienes primero se recuperan. Asimismo, quienes mayor responsabilidad tienen en la derrota –por lo tanto, los mayores causantes de la caña– suelen no sufrir de la misma. A los afectados, solo les queda tener paciencia y resignarse. Tarde o temprano pasa.

La caña moral: aparece luego de una noche que, por lo general, combina varios desenfrenos. Suele ir acompañada de la caña alcohólica y/o la del cigarro. Aparece cuando en la mentada noche se cometieron actos reñidos con la propia moral, conciencia, costumbre o cualquier otro término similar. Obviamente, mientras más severos y acotados sean los propios límites violados, mayor será la caña. El único remedio posible es flexibilizar las normas. Déjese de joder metafóricamente y hágalo literalmente, es mucho más sano.

Y usted, estimado, estimada, ¿qué experiencia tiene con las cañas? ¿Alguna mala experiencia mañanera que compartir?

Post coprolálico

29.12.09 15 Comments

Vuelvo para cerrar el año. Esta vez no haré un recuento, ni mi lista de propósitos para el próximo. Pensé hacerlo, lo reconozco, pero constatar que se termina otro año y no logré parapetarme me tiene deprimido. Aunque logré otras cosas que me propuse, por cierto, como probar el mote con huesillos. En fin.

Vuelvo, eso es lo que (me) importa. Y para hacerlo, tomo prestada una idea de Kareeenyeah (no me pregunten el nombre real, que no lo sé), surgida de una pregunta que me hiciera en Twitter, o más bien en formspring.me: ¿por qué los chilenos ocupamos órganos genitales para referirnos a cosas buenas o malas? Y ahí, respondiéndole, me dije a mí mismo: “mismo, esto debería ir al blog”. Así que aquí vamos.

Como el pico: esta expresión, así como sus variaciones “como la corneta”, “como la callampa” y tantas otras, se utiliza para denotar algo malo. Negatividad pura: “me fue como el pico”. Ahora, la cosa no es tan simple como parece. Si bien ocupo a veces esta expresión con el sentido ya descrito, cabe la posibilidad de que alguien la ocupe con el sentido contrario: para describir algo como bueno. ¿Qué pasaría, por ejemplo, si una mujer de mala vida (otro término confuso, por demás) dice que algo le salió “como el pico”? Lo menos que hace es llamar a engaño, considerando que dicho elemento es, en último término, el que le permite subsistir. Paradojal, por lo menos.

La zorra: la lógica supondría que es el equivalente femenino de “como el pico”, y que se utilizaría para describir cosas negativas. Pero no. Algo “la zorra” es bueno. ¿Feminismo? Ni en broma, sino machismo. Haga un simple cálculo: el macho recio va caminando y de improvisto se encuentra con un pico. ¿Bueno o malo? ¡Como el pico, obvio! Pero, ¿y si va caminando y se encuentra con una zorra? ¡La zorra! Más claro echarle agua.

La raja: utilizado para referirse a algo bueno, “la raja” menos inapropiado, en muchas ocasiones, que “la zorra”. Vaya a saber uno por qué, su uso es mucho más común que el de la mentada raposa.

Como las huevas: referido a algo malo. Aplica la misma lógica que con “como el pico”. Mal que mal, son bastante cercanos.

Como el hoyo: también usado para denotar negatividad de algo.

Teta: menos extendido, también se utiliza para describir algo bueno. He escuchado la variación “teta de monja”, aunque desconozco exactamente a qué apunta. En todo caso, podría interpretarse como “reverenda teta”, símil femenino –y por tanto, opuesto en su significación positiva/negativa– al “reverendo pico”, que denota algo muy malo.

Pero si creían que con esto quedaba todo dicho, se equivocan. Porque el tema es más complicado. Por ejemplo: “me fue la raja” se usa para decir que me fue bien, pero “me fue como la raja” significa que me fue mal. Lo mismo con “la zorra” y “como la zorra”. Ahora, lo curioso es que “como el pico” y “como las huevas” no tienen sus contrapartes positivas, que tendrían que ser “el pico” y “las huevas”, respectivamente. Complejidades del lenguaje.

A ver, estimado, estimada, ¿cómo es su experiencia con estos términos? ¿La raja? ¿Como el pico?

Siniestro regreso

4.12.09 16 Comments

Después de meses sin aparecer por estos lados, el destino me impulsa a retomar. No lo busqué, lo juro, aunque siempre está ahí, parpadeando, la tarea pendiente. He estado dedicado a otras cosas, y Twitter ha saciado mi necesidad de transmitir no aportes (@elquenoaporta, a todo esto). Pero bueno, ya está dicho: el destino se encargó de hacerme volver. Así es que aquí vamos.

Todo comenzó cuando una de las paredes de mi departamento –la pared del living, para ser más preciso- comenzó a evidenciar una filtración. Da la casualidad que al otro lado de dicha pared, se encuentra el lugar donde va la lavadora. Por el muro pasan las cañerías, claro. Y las cañerías, aunque no deberían, filtran.

No quedó más remedio que llamar a un maestro para que arreglara el problema. O, como reza esa espantosa expresión, “tuve que saber llamar a un maestro”. Llegó el hombre a evaluar la situación. Rápida inspección ocular y el diagnóstico lapidario, pero esperable: “hay que dentrar a picar”. Pero no sería en ese momento, claro, sino al día siguiente.

Y llegó el día D. Jueves en la mañana, y el maestro se puso a destruir. Nada que pueda gustar más al gremio. A punta de combo y cincel, desnudó las cañerías hasta ese entonces ocultas en la pared. Y tanto las desnudó, que la logia quedó directamente comunicada con el living. A través de un acotado agujero, es cierto, pero comunicada. En eso se encontraba concentrado el hombre cuando llegó la hora del hambre, y el maestro se fue. No solo sin arreglar la filtración, sino incluso sin encontrarla. No volvió más.

Reapareció el maestro casi una semana después, como si nada. Y encontró, luego de algún rato, la filtración. Y se puso manos a la obra. Pero lo que parecía una simple tarea se convertiría en lo que solo puede convertirse un trabajo de gasfíter: un verdadero desastre.

Ya descubierta la cañería y ubicada la filtración, la cosa era simple: soldar y ya. Y claro, el maestro sacó su soplete, lo prendió, reguló el oxígeno de la llama –no fuera la soldadura a quedar mal hecha- y comenzó el arreglo. Póngale llama maestro. ¿El detalle? Al otro lado de la pared se encontraba el sofá del living: un modelo bastante estándar, comprado en multitienda, de eso que hoy se da en llamar ecocuero, como tratando de dar un sustento ecológico a la simple imposibilidad de solventar un sofá de cuero real. En fin, el sofá de tres cuerpos que llena buena parte del living.

Quiso Murphy, y el maestro, que allí estuviera el sillón. Y quiso también que la llama del soplete pasara directo a través del hoyo en la pared. Dicen –no me consta- que el cuero verdadero no se quema aunque se le acerque una llama. El ecocuero sí. Y no sólo se quema, sino se prende. Con llamas, material derritiéndose y todo eso. Con escándalo. Palabra de maestro.

Cuando el personaje logró darse cuenta del siniestro en ciernes, corrió a apagarlo. Lo único que encontró a mano –o lo primero que agarró, al menos- fue un cojín guatemalteco bordado a mano, traído directamente de la luna de miel. Logró apagar el fuego. A costa del cojín, por cierto. Se alcanzó apenas a salvar el mejor cuadro existente en este hogar, colgado justo en esa pared. Y como si fuera poco, el maestro se quemó una mano, por lo que partió –nuevamente sin arreglar el desperfecto- a algún centro asistencial.

Y aquí estamos, con el living aún conectado a la logia, un sillón seriamente dañado, un cojín inservible y sin poder usar la lavadora. Del maestro, ni rastro. Ahora pienso que la pintura inflada en la pared –ni tan visible detrás del sillón- no era tan terrible. Al menos no comparada con la situación actual.

¿Lo peor de todo esto? No me extraña que haya pasado. Los maestros en general, y los gasfíteres en particular, son desastrosos en este país. No hay caso con ellos, por más que prometan eficiencia, experiencia, seriedad… son un espanto. ¿Lo bueno? Ahora puedo decir, con propiedad, que sufrí un siniestro. Pude incluso quedar damnificado, algo que puedo incluir al momento de contar la historia. No es lo mismo que parapetarse, pero peor es nada.

Por qué no ser un chico reality (sesión de autoconvencimiento)

10.8.09 10 Comments

Aquí vamos con la segunda parte (ya sé que las segundas partes rara vez son buenas, pero cuando la primera tampoco lo es, poco importa) del post sobre los realities.

En la primera parte hice un sesudo análisis de las razones por las que debería participar de uno de estos programas. Más allá de la contundencia de los argumentos –al menos discutible –creo que son motivos de peso. O de pesos, más bien. El punto es que me terminé de convencer: yo sería un buen participante, al menos por el breve lapso que durara dentro.

Durante estos días, varias personas me han preguntado si escribí en serio ese post. Cuando les respondía que sí, me miraban con una extraña expresión, mezcla de pena, compasión y miedo. No ha aparecido –hasta ahora- una camisa de fuerza, creo que por poca disponibilidad del accesorio más que por falta de ganas de uno que otro amigo o conocido.

Para complementar el post anterior –y para que quienes me prodigaron esas indescriptibles expresiones no crean que estoy tan mal –va esta nueva entrada, con las razones por las que no debería participar de un reality show. Luego, mediante un simple proceso de comparación, creo que estaré en condiciones de saber fehacientemente si debo o no tomar mis cosas y acampar afuera de algún canal.

Exposición. La que fue la primera razón para justificar mi ingreso a un encierro de este tipo, es también la primera para descartar esa posibilidad. La perspectiva de que cientos, miles, acaso millones de personas sepan lo que hago o dejo de hacer me aterra. Porque un reality no permite, como otros formatos televisivos o de cualquier medio, colgar el traje e irse tranquilamente a la comodidad y privacidad del hogar. No señor. Pregúntele al recluta Chadud, o al extramusculoso Schilling. No es que pretendiera, al entrar a un programa, tener actuaciones como las suyas (mal me iría al volver a la realidad), pero estar expuesto 24/7 a las cámaras, y peor aun, depender del criterio de guionistas y editores del programa sobre qué es lo que sale al aire... no gracias.

Sentido del ridículo. Este exacerbado sentido seguro me haría, en algunos momentos, pasarlo no del todo bien. O derechamente mal, si se quiere. No tengo problemas con duelos eliminatorios (no de la selección, sino de los que sostienen los participantes de estos programas), ni con el grueso de esas conversaciones tipo “cabildo”, “concejo” y tantos otros creativos nombres. Pero hay cosas que simplemente me superan. Durante esas mismas terapias grupales, cuando algún participante comienza a filosofar... Dios me libre. El café concert realizado en Pelotón hace algunos días, ni hablar. Foxley haciendo un striptease, Kenita animando, otra haciendo imitaciones, otros bailando, una última cantando... una combinación simplemente letal. De haber estado ahí, mi ubicación hubiera sido bajo una de las mesas –cosa que, de seguro, los guionistas se hubieran encargado de hacer aparecer como actividad puramente sexual con alguna de las participantes más próximas al lugar –y no participando del triste espectáculo.

La familia. Sí, sería un costo importante. Estoy seguro de que a mi señora no le agradaría que yo me introdujera en estas lides. A mi hija, en cambio, creo que le causaría más que nada extrañeza: eso de hacer zapping y pasar entre, digamos, Mickey y su papá, podría ser algo confuso. Ni hablar si el cambio de canales incluyera a Barney o los Teletubbies, caso en el cual se haría insoportable. Además, convengamos en que es difícil, por muy padre de la criatura que sea, ganarle a tamaños competidores. Y tampoco estoy para vestirme de morado y cantar “te quiero yo, y tú a mí...”, porque –ya está dicho –las vergüenzas (ajena y propia) pueden más.

Y eso sería. Como ven, las ventajas son más que las desventajas. La balanza se inclina inexorablemente hacia el ingreso. Ahora, recapacitando respecto del próximo post –prometí un casting sobre quiénes me deberían acompañar en el encierro –he decidido replantearlo. Creo que, a partir de ahora y para seguir profundizando en el tema, propondré no sólo el casting, sino también el tema del encierro. Será más de una opción, claro, para abrir las posibilidades. Quién sabe si algún productor, director de programación o algún otro pez gordo de la TV local se entusiasma con la idea y cumple mi sueño. Algo así como un hada madrina mediática, un genio catódico, un mecenas televisivo. Señoras, señores, desde ya acepto ofertas.

Yo quiero ser un chico reality (confesiones culposas)

28.7.09 57 Comments

Así como Sabina canta eso de “yo quiero ser una chica Almodóvar”, yo podría (si tuviera un mínimo de condiciones vocales) cantar algo como “yo quiero ser un chico (o no tanto) reality”. Así es. Sueño frustrado, deseo oculto, culposo y casi inconfesable, me encantaría participar en un reality show. De uno de los con encierro, eso sí, nada de docu-realities, ese engendro de formato en que te siguen con una cámara las 24 horas del día en tu vida normal. Por lo demás, un docu-reality de mi vida sería un fiasco, eso seguro. Pero participar de uno con encierro... eso es otra cosa.

Imagínense encerrados con personajes como Álvaro Ballero, con sus cirugías, su pose de estrella y de pensador profundo. O con Pamela Díaz (a quien, segunda confesión culposa de este post, admiro total e incondicionalmente) y sus arrebatos. Ni hablar de compartir con alguna modelo mononeuronal como Adriana Barrientos, o –esto sería el cielo –tener largas conversaciones con Juan Cristóbal Foxley, también conocido como “el Dandy chileno”. Eso por nombrar a algunos de los actuales.

Querámoslo o no, los reality shows están hace rato en un peak del que no parece vayan a bajar por el momento. De hecho, en este minuto tenemos tres en paralelo (“1910”, “Pelotón VIP” y “La Noche”). Ninguno es muy original –1910 es la continuación del recién terminado 1810, Pelotón es la versión contardictoria (VIP y chilena, no tiene lógica) de Pelotón y Pelotón 2, y La Noche es un docu-reality de un exitoso (aunque sea difícil de explicar) grupo musical. O sea, al menos en esta pasada ningún creativo se devanó los sesos tratando de hacer algo novedoso. De hecho, yo creo que los creativos andan de vacaciones. Pero así y todo, cada noche mi dedo pulgar derecho sufre las consecuencias de un incesante zapping entre 1910 y Pelotón. Me ha sido imposible decantarme por uno de los dos programas.

Para no parecer tan enfermo –y para que este post tenga algo de sustancia –paso a enumerar las razones por las que me gustaría participar en un reality. Sólo razones profundas, cuasi científicas diría yo. Es que uno es un apóstol del conocimiento, no es que sea dado a la farándula. Vamos viendo.

Exposición. Siempre he sido bastante recatado, reacio a exponerme –necesaria o innecesariamente –ante los demás. Mi personalidad es más bien retraída, y no ando contándole mi vida al primero (ni al segundo, ni al tercero, y así) que se me cruza por delante. Odio las dinámicas grupales, el karaoke, hablar en público. Tengo un sentido de la vergüenza –propia y ajena –extraordinariamente desarrollado. Es más, el hecho de que escriba este blog bajo un seudónimo tiene bastante que ver con eso (tercera confesión de este post, aunque un poco menos culposa que las otras dos). Tener el nivel de exposición de un reality creo que sería un cambio potente, que me gustaría probar. Sólo para saber qué se siente. Además, confío en que al tercer o cuarto día las cámaras ya darán un poco lo mismo. O, en el peor de los casos, que seré capaz de actuar como si así fuera.

Conflicto. Me gusta, definitivamente. No es que ande por la vida de conflictivo, no señor, pero créanme que me esforzaría por ser uno de esos personajes conflictivos, que ante la menor provocación arman un buen escándalo. Porque, cuarta confesión, son ésos los personajes que me hacen ver un reality. Si veo 1910 no es para ver a Ximena Huilipán llevándose bien con todo el mundo y diciéndole a gente que conoce hace un día cuánto los quiere, sino para no perderme la provocación, el insulto, el certero aletazo de Pamela Díaz a Adriana Barrientos. Eso es tener sentido del espectáculo. Eso es lo que me gustaría probar. No el aletazo de la Díaz, que quede claro, sino el constante roce –no en el sentido físico del término –con los otros participantes. Si alguno defendiera a ya-saben-quién, imagínense el goce de discutir con él.

Investigación. Quinta confesión: simplemente adoraría estar algunos días con personajes tan extraños. Poder observarlos, conocerlos en directo, conversar con ellos. ¿Se imaginan la cantidad de temas que tendría para este blog? Claro, por un rato se transformaría en algo parecido a una versión online de un programa de farándula, pero quién sabe. A lo mejor saldrían temas como “Foxley no es tan pelotudo como parece”, “Adriana Barrientos no tenía una neurona. Son 2” o “Lo que no se muestra de Pelotón: Nabih en verdad quiere con el instructor”. De seguro, libreta en mano, podría hacerme de interesantes contenidos. Vaya a saber uno qué sorpresas aparecerían.

Experimentación. No es que quiera experimentar con alguna chica reality (cosa que me obligaría, por cierto, a buscar un reality que durara el resto de mi vida), sino algo mucho más preciso, y que me lleva de vuelta al punto del conflicto: me encantaría poder aplicar en directo, de manera intensiva y como si fuese un laboratorio de alta tecnología, el Manual del Insoportable. Lección por lección, paso a paso, ir probando, confirmando y/o descartando la utilidad de esas enseñanzas. Estoy seguro de que lograría rápidamente posicionarme como un insoportable total, y de que, pese a eso –o gracias a eso, más bien –seguiría un buen rato ahí. Y –teoría por confirmar –probablemente dando rating.

Lucas. Sí, el vil dinero que todo lo ensucia. Pero ganarse buena plata puro pelotudeando (o investigando seriamente, que sería mi caso), para luego salir del encierro y seguir pelotudeando (a la vez que tabulando resultados, analizando, en mi caso) y seguir cobrando bien. Un lujo, ¿no? Porque convendremos en que ningún participante de reality se gana la plata filosofando ni haciendo grandes aportes a la humanidad. Básicamente se exponen, hablan muchas pelotudeces (mientras más, mejor), pelean con algún otro participante y ya. Por eso les pagan. Y bien. Sexta confesión (ya sabida por muchos): pelotudear (¿existirá el término?) es lo mío.

Una segunda parte de este post incluirá las desventajas que supondría mi ingreso a uno de estos programas. Porque claro, no todo es tan lindo. Si todo fuera ganancia, estaría acampando en la entrada de algún canal de TV, por último esperando hasta que (les aseguro que a alguien ya se le ocurrirá) se haga un reality de indigentes. Esperen, hagan como que no leyeron eso. Le voy a vender la idea a algún canal, eso sería un hit seguro. Bueno, eso, no se adelanten con las desventajas, que ya vienen.

Y como siempre, estimados, estimadas y quienes apoyan a ya-saben-quien (a quienes, claro, no puedo estimar), espero sus no aportes. ¿Entrarían a un reality? ¿Debería yo entrar? ¿Tomo mi saco de dormir y me voy a ofrecer a algún canal?

Nada que aportar le lleva Twitter

11.6.09 19 Comments




Así es. Desde ahora este humilde e inútil espacio ingresa a todo lo que es el mundo de Twitter. O sea, inutilidades cortas que llegarán directo a quien así lo quiera.

Para los no iniciados (debo decir que toda mi iniciación al respecto consiste en la corta explicación del sistema que un amigo me dio por teléfono y una rápida lectura de “Twitter” en Wikipedia), este sistema consiste básicamente en posteos cortos (nanoblogging, que le llaman), que llegan a los “seguidores” –quienes eligen la opción de recibirlos –a través de la página de Twitter, mensajes de texto, correo electrónico, Facebook y otras aplicaciones que en mi vida había escuchado. O sea, bombardeo total de información.

Así que desde ahora, Nada que aportar se suma al mundo del twiteo (es curioso esto, porque el término ha dado origen a palabras derivadas, se convirtió en verbo y mucho más). Como la actualización de esta página no es tan seguida como yo quisiera –básicamente por un problema de tiempo –este nuevo sistema me permitirá escribir más cosas inútiles, porque –sépanlo ustedes –los mensajes a través de Twitter tienen una extensión máxima de 140 caracteres. Sí señores, 140. Es decir, hay que ir al grano con la pelotudez. No es cosa de extenderse en irreflexiones inútiles como esta, sino que hay que ser preciso: nada de relleno, nada de largas construcciones literarias. Sólo el dato, la reflexión, el comentario preciso. Inútil siempre, por cierto, no se trata de perder la razón de ser.

Así que ya saben. Desde ahora, para recibir la inutilidad diaria –incluso más de una, de ser posible –sólo basta con hacer clic a mano derecha. Para cosas más rebuscadas, más complejas o simplemente cuando tenga más ganas de escribir, éste seguirá siendo su humilde espacio. A ver cómo nos va con el experimento. A todo esto: @nadaqueaportar.

Cuidado con las viejas

9.6.09 7 Comments

No, esto no se trata de un llamado más a valorar a nuestra tercera edad. Ya suficiente de eso hay con la infinidad de fundaciones y corporaciones –reales e inexistentes –que se dedican al tema, que nos atacan en los semáforos, supermercados o a la salida de la estación del metro para colaborar con sus colectas. Que nos llaman por teléfono, haciendo uso de datos privados e interrumpiendo nuestro trabajo o descanso para que aportemos mensualmente con sus loables iniciativas. No señores, este es un llamado a la precaución.


Hace algunos años –en 2005, de hecho –nos enteramos del caso de María Luisa Velasco, madre de un (en ese entonces) connotado ex político. La abuelita, de más de 70 años, fue detenida por la exuberante plantación de marihuana que mantenía en su casa, en el sector alto de la capital. Por más que explicó que era para “uso terapéutico” –la señora sufría de dolores debido a la artritis y el reumatismo que la aquejaban –no hubo caso: se la llevaron a un Centro de Orientación Femenina, ese eufemismo nacional para nombrar a las cárceles de mujeres. Tiempo después, la Corte de Apelaciones de Santiago revocó el procesamiento en su contra, y quedó libre de polvo y paja (no así de cogollos y hojas).


En esos tiempos fue un caso aislado. De ahí –en parte –el revuelo que provocó el caso. Pero la señora no estaba sola. Sin ahondar en los casos que involucran a mujeres de la tercera edad desde 2005 a la fecha, últimamente han aparecido en los medios dos sucesos que reflotaron –al menos en mi memoria –a la señora antes citada.


El primero de ellos, hace alrededor de dos semanas, fue la detención de dos abuelitas de cerca de 80 años que traficaban droga en su casa en la comuna de Providencia, a pocas cuadras de la Escuela de Carabineros. Una de ellas incluso estaba postrada en su cama, por lo que no pudo ser formalizada en el Centro de Justicia. Probablemente era ella, además, la que se encargaba de armar los papelillos con la droga, dada su imposibilidad de levantarse. También puede haber estado a cargo de recibir los pedidos por teléfono, quién sabe. El punto es que las detuvieron con cocaína, pasta base y 38 millones de pesos en efectivo. Mal no les iba. ¿Para qué necesitaban tanta plata? Ya lo veremos más adelante.


La semana pasada, en tanto, se produjo el segundo caso. Una amable ancianita de 70 años que, discutiendo con su arrendataria en el sector oriente de la capital, disparó un “arma de fuego” –tecnicismo usado por los periodistas cuando se les olvida preguntar si se trató de una pistola, un revólver, una escopeta o un arma hechiza –hiriendo al adolescente hijo de la “rentadora” (término utilizado por un diario de circulación nacional para referirse a la arrendadora). ¿De dónde sacó esta anciana el arma utilizada? ¿Cómo es que nadie se hizo esa pregunta?


Todo esto me hace cuestionarme tanta paranoia con sectores marginales de la población, estigmatización de poblaciones completas, temor ante pandillas que deambulan por las calles de nuestra ciudad. ¿No será que hay una rebelión gestándose? ¿No vendrá el tiempo de las abuelas marginales? ¿Serán esas reuniones de ancianas –supuestamente para jugar canasta o tejer bufandas –lo que parecen? Yo creo que no. Estoy casi seguro de que se acerca el tiempo de las viejas violentistas, que amparadas por su supuesta indefensión nos arrebatarán el poder a todos los que pertenecemos a otros grupos etáreos. De hecho, creo que están trabajando silenciosamente en ello hace algún tiempo. ¿O a alguien se le ha ocurrido comprobar si, tras las capuchas y pasamontañas que aparecen en cada toma o protesta violenta, se esconde una veterana infiltrada? No señores, nadie lo ha hecho. Ellas siguen al amparo de la noche, con sus tubos en el pelo, sus pantuflas y sus batas, urdiendo actos vandálicos, coludiéndose para llegar al poder, para tomárselo por la fuerza si es necesario. Para eso traficaban drogas las ancianas de Providencia. Para financiar la rebelión. Y ya tienen un buen arsenal para hacerlo, de ahí salió el arma de la anciana que le disparó al quinceañero.


Reaccionemos. No podemos quedarnos como aquel pobre asaltante que hace un par de años inocentemente fue a quitarle la cartera a Julita Astaburuaga –estandarte de esta peligrosa tribu urbana en que han devenido las señoras mayores –para quedar machucado a punta de carterazos y sin botín alguno, mientras la victimaria –por más víctima que pareciera en un primer momento –mostraba orgullosa un ojo en tinta y algunas magulladuras, casi nada comparado con las lesiones del incauto lanza.


Este es un llamado a estar atentos. Si en el semáforo ve a una viejecita temerosa de cruzar la calle y siente el impulso de ayudarla, ¡no haga tal! Más bien cámbiese de vereda y aléjese raudo, que en el momento menos esperado puede llegarle un carterazo malintencionado y certero que lo haga dimensionar de golpe –literalmente –el alcance de esta nueva raza en ciernes. El momento de las viejas ha llegado.

Influenza humana, gripe porcina, AH1N1 o el Apocalipsis

20.5.09 20 Comments

Ya me tienen hinchado con la famosa “influenza humana”. Partiendo por el nombre, y continuando con la paranoia desatada. Es un brote. No, una epidemia. Epidemia no, pandemia. Todo muy apocalíptico. Y al final de los finales, resulta que hay algunos contagiados, que no presentan más síntomas que los de un resfrío común. Ni uno solo grave. Todavía no se sabe de un caso con riesgo vital, y si ni periodistas ni doctores han pronunciado eso de “riesgo vital” es porque no estamos ni cerca. Vamos viendo.

Primero hablaron de “gripe porcina”. Tenía lógica, luego de la crisis de la “gripe aviar” y el mal de las “vacas locas”. Se trataba simplemente de seguir con las enfermedades en clave granjera. Ya habría tiempo para la “influenza caballar”, “el mal del conejo caliente”, la “disfunción del burro”. Pero no. Tenía que aparecer un creativo y cambiarle el nombre por “influenza humana”. Un genio del marketing, un iluminado. La explicación es que este es un virus que afecta a los humanos, ergo, se debe llamar influenza humana. Bajo esa lógica, desde ahora deberemos hablar de cáncer humano, sida humano, resfrío humano, hemorroides humano, stress humano y un largo etcétera de males que afectan a nuestra especie. Así no se puede. No es práctico, señores. Abogo por la economía del lenguaje.

Pero no, vamos insistiendo con la influenza humana. Peor aún: los periodistas, en su afán por clarificar conceptos, por iluminar al vulgo y sacarlo de la penumbra permanente en que se encuentra, han optado por hablar de “influenza humana, ex gripe porcina”, tal como esas calles a las que cambian el nombre pero siguen por los siglos de los siglos manteniendo, incluso en los carteles, su nombre original (recuerdo en este momento dos: ex Marcoleta y ex La Caridad, nombradas actualmente con rimbombantes nombres de personajes extranjeros, prácticamente impronunciables, por los que nadie conoce las mentadas calles). Pero volvamos a la influenza.

Como si fuera poco con lo de influenza humana, y como si fuéramos robots, ahora la moda es hablar de la influenza AH1N1. Está bien, será el nombre oficial, científico, la cepa o lo que quieran, pero nadie va a contar, el día de mañana, que alguna vez se contagió de AH1N1. Esa puede ser una enfermedad que afecte a C3PO o R2D2, pero se contradice absolutamente con la definición de humana que tanto se escucha por ahí. Así que vamos parando la tontera, por favor.

Y ahora resulta que la influenza famosa llegó a Chile. ¡¡¡Al fin!!! Me estaba preocupando ya esta marginación de la comunidad internacional. Todo el mundo pendiente del tema, y ni un solo caso chileno. Ni uno. Este era un tema, aunque nos duela, donde no había presencia chilena. Nada del chileno que trabajaba en el resort en Cancún, ni del turista que se agarró el virus en su viaje por Miami, nada de nada. Chile brillaba por su ausencia. Y eso, reconozcámoslo de una vez por todas, hería profundamente nuestro orgullo patrio, ése acostumbrado a figurar en toda tragedia, por más lejana que ésta sea.

Aparecieron casos en Argentina, Brasil, Perú. El mundo se contagiaba a la velocidad de un estornudo, pero en Chile nada. Las autoridades jactándose de ser un país libre de la pandemia, pero revolviéndose en las noches en sus camas, atormentados por esta exclusión evidente del concierto internacional. Alguno seguro hasta pensó alegar ante alguna corte internacional por esta injusta discriminación.
Hasta que llegó, claro. Tres turistas que la importaron directamente de República Dominicana, probablemente escondida entre las trenzas de sus peinados, pecado imperdonable e inevitable de las viajeras locales a cualquier zona caribeña. Ahí, escondido y a buen resguardo de los sensores y censores del SAG, MINSAL, ISP y tantas otras siglas que buscaban mantener esta insostenible marginación nacional. Ellas y sus trenzas ingresaron victoriosas portando el codiciado virus. Al fin somos parte del mundo.

Casi en paralelo, un joven prócer aportaba con lo suyo. Porque si íbamos a insertarnos en el mapa del AH1N1, debíamos hacerlo como correspondía. Secretamente incubó el virus –aún nadie sabe dónde lo consiguió –y simplemente se enfermó. Clemente, ese héroe nacional, logró lo que las viajeras no pudieron: generar una sicosis absoluta, con cierre de colegios, declaraciones de las autoridades, medios de comunicación vueltos locos, todos presagiando el fin del mundo, la pandemia, el acabóse. Él, mientras tanto, almorzaba en su casa y saludaba a los periodistas desde la ventana, contándoles que “vi a mi mamá en la tele”. Ésa es prestancia. Nos ubica de un empujón a la cabeza en Sudamérica –en este minuto, hay 16 casos confirmados, el número más alto de la región –y ni se inmuta. Un ídolo total.

El país corre a las farmacias, olvidándose de la colusión. Aquí nada importa, hay que comprar mascarillas, jabón en gel, pañuelos desechables, antigripales, vitamina C, lo que sea. La influenza ha logrado que ni siquiera el SERNAC se preocupe de pesquisar los precios de estos productos en las diferentes farmacias. Tampoco podrían: todo está agotado.

Es el fin, señores, a prepararse. Me extraña que aún nadie haya aparecido con la cita precisa del Apocalipsis que remite a los cerdos, o con la profecía certera de Nostradamus. Ni Ayllún ni Yolanda Sultana ni los horóscopos dicen nada. Es que no vale la pena decirlo. El fin se acerca. Es la rebelión de los chanchos, Napoleón, Snowball y compañía nos toman por asalto. Todos los animales somos iguales, pero algunos somos más iguales que otros. Dios nos pille confesados, vacunados, con mascarillas y bien lavados de manos.

La proxima película de Ben Stiller

16.4.09 7 Comments

Ayer, mientras pasaba un pésimo día gracias a los señores delincuentes, hampones, antisociales, flaites que robaron mi auto (ver post anterior), una noticia me alegró el día. Bueno, no sé si tanto, pero sí me hizo olvidarme un rato del tema y reírme bastante. Mucho más que cualquier chiste que haya escuchado últimamente. La transcribo textual de www.emol.com, y dice así:


PDI: Visita a club nocturno fue para intercambiar conocimientos con policías europeos
Ayer el ex policía Francisco Lapolla aseguró que tiene una imagen del auto fiscal de Óscar Gutiérrez, actual subdirector operativo de la PDI, estacionado afuera del "Lucas Bar".

El Mercurio Online
Miércoles 15 de Abril de 2009 12:34

SANTIAGO.- Luego de que ayer un ex detective denunciara que el vehículo de un alto funcionario de la Policía de Investigaciones (PDI) había sido fotografiado en el estacionamiento de un club nocturno, hoy la institución reconoció el hecho y aseguró que se esto se registró en el marco de un intercambio de experiencias con policías europeos que estaban investigando a los "eurolanzas".

Ayer, durante la audiencia a la banda "Los Valladares", el ex policía Francisco Lapolla, quien está formalizado en este caso, afirmó que cuando los detectives allanaron su casa, imaginó que buscaban las fotos que tiene del auto fiscal de Óscar Gutiérrez, actual subdirector operativo de la PDI, en el estacionamiento del "Lucas Bar".

"Esto se ajustó a un intercambio de conocimientos y experiencias con la policía europea, en el contexto en que ellos vinieron a Chile a ver dónde se movilizaban, sobre todo, los eurolanzas", afirmó hoy el subprefecto Álvaro Thiele, jefe de asuntos públicos de la PDI.

De acuerdo con lo expresado por Thiele, los europeos solicitaron también "conocer la vida nocturna de Santiago", ya que la conducta de los delincuentes, "una vez cometidos sus delitos, era gastar en la noche".

La versión entregada por la PDI asegura que la imagen fue capturada en mayo del año pasado, cuando Óscar Gutiérrez se desempeñaba como jefe regional metropolitano de la PDI.
Thiele destacó además que no se realizará un sumario interno por el hecho.

Hasta aquí la noticia. Valga una aclaración: no me alegró el día que funcionarios públicos se hayan ido de putas, probablemente con gastos de representación –o sea, pagados por todos nosotros, ciudadanos de este país que ni siquiera tenemos el agrado de conocer el local en cuestión –sino que haya gente tan cara de raja para dar una explicación semejante.
¿Creerá el señor Thiele que somos todos tan idiotas como él? Realmente increíble.

Y como esto parece un guión humorístico, la cosa no se queda ahí. Y ni al mejor guionista se le hubiera ocurrido un apellido como el del ex policía que hizo la denuncia: Lapolla. ¿Se imaginan la vida de ese pobre hombre? ¿Habrá viajado alguna vez? ¡Qué ganas de viajar con él a España! Me imagino la cara de los funcionarios de inmigración al ver su pasaporte, llamando a los compañeros de las ventanillas siguientes: “pssstt, Paco. A que no te imaginas cómo se llama este tío”. De verdad lo compadezco, y espero sinceramente que su segundo apellido no sea Vergara o Dell´Orto o Delano.

Pero la historia sigue. Hoy, en una noticia que no transcribiré, porque no se trata de alargar este post innecesariamente, se informó que el funcionario involucrado en el “intercambio de conocimientos y experiencias” renunció a su cargo. Bueno, era de esperarse. Pero también se supo que el jefe de asuntos públicos de la PDI, el creativo señor Thiele, fue trasladado de su cargo, aunque dentro de la institución. Y sí, cosas que pasan en este país: su nuevo destino fue la jefatura de inteligencia de la institución. ¡Inteligencia! Vaya paradoja, diría el extinto JM. Eso demuestra, a todas luces, la fina ironía de Arturo herrera, Director General de la PDI.

Para terminar con esta historia digna de Peter Sellers, transcribo las declaraciones del mismísimo señor Herrera, que de seguro deberían incluirse en alguna parte de este seguro éxito de la cartelera. Dice Herrera:

"Cuando hablé con el subdirector operativo (Óscar Gutiérrez) fue tempranísimo y él en ese minuto me dijo que estaba ahí, entonces lógico que yo tengo que respetar lo que el subdirector me dice en ese momento. Pero después la investigación que está en curso dijo otra cosa, y creo que él asumió su responsabilidad, que él estaba ahí". Más claro echarle agua, ¿no?

Si son estos los encargados de encontrar mi auto robado... no pinta bien.

A todo esto, ¿vieron “Quémese después de leerse”? Por ahí va la cosa.