Yo quiero ser un chico reality (confesiones culposas)

28.7.09 86 Comments

Así como Sabina canta eso de “yo quiero ser una chica Almodóvar”, yo podría (si tuviera un mínimo de condiciones vocales) cantar algo como “yo quiero ser un chico (o no tanto) reality”. Así es. Sueño frustrado, deseo oculto, culposo y casi inconfesable, me encantaría participar en un reality show. De uno de los con encierro, eso sí, nada de docu-realities, ese engendro de formato en que te siguen con una cámara las 24 horas del día en tu vida normal. Por lo demás, un docu-reality de mi vida sería un fiasco, eso seguro. Pero participar de uno con encierro... eso es otra cosa.

Imagínense encerrados con personajes como Álvaro Ballero, con sus cirugías, su pose de estrella y de pensador profundo. O con Pamela Díaz (a quien, segunda confesión culposa de este post, admiro total e incondicionalmente) y sus arrebatos. Ni hablar de compartir con alguna modelo mononeuronal como Adriana Barrientos, o –esto sería el cielo –tener largas conversaciones con Juan Cristóbal Foxley, también conocido como “el Dandy chileno”. Eso por nombrar a algunos de los actuales.

Querámoslo o no, los reality shows están hace rato en un peak del que no parece vayan a bajar por el momento. De hecho, en este minuto tenemos tres en paralelo (“1910”, “Pelotón VIP” y “La Noche”). Ninguno es muy original –1910 es la continuación del recién terminado 1810, Pelotón es la versión contardictoria (VIP y chilena, no tiene lógica) de Pelotón y Pelotón 2, y La Noche es un docu-reality de un exitoso (aunque sea difícil de explicar) grupo musical. O sea, al menos en esta pasada ningún creativo se devanó los sesos tratando de hacer algo novedoso. De hecho, yo creo que los creativos andan de vacaciones. Pero así y todo, cada noche mi dedo pulgar derecho sufre las consecuencias de un incesante zapping entre 1910 y Pelotón. Me ha sido imposible decantarme por uno de los dos programas.

Para no parecer tan enfermo –y para que este post tenga algo de sustancia –paso a enumerar las razones por las que me gustaría participar en un reality. Sólo razones profundas, cuasi científicas diría yo. Es que uno es un apóstol del conocimiento, no es que sea dado a la farándula. Vamos viendo.

Exposición. Siempre he sido bastante recatado, reacio a exponerme –necesaria o innecesariamente –ante los demás. Mi personalidad es más bien retraída, y no ando contándole mi vida al primero (ni al segundo, ni al tercero, y así) que se me cruza por delante. Odio las dinámicas grupales, el karaoke, hablar en público. Tengo un sentido de la vergüenza –propia y ajena –extraordinariamente desarrollado. Es más, el hecho de que escriba este blog bajo un seudónimo tiene bastante que ver con eso (tercera confesión de este post, aunque un poco menos culposa que las otras dos). Tener el nivel de exposición de un reality creo que sería un cambio potente, que me gustaría probar. Sólo para saber qué se siente. Además, confío en que al tercer o cuarto día las cámaras ya darán un poco lo mismo. O, en el peor de los casos, que seré capaz de actuar como si así fuera.

Conflicto. Me gusta, definitivamente. No es que ande por la vida de conflictivo, no señor, pero créanme que me esforzaría por ser uno de esos personajes conflictivos, que ante la menor provocación arman un buen escándalo. Porque, cuarta confesión, son ésos los personajes que me hacen ver un reality. Si veo 1910 no es para ver a Ximena Huilipán llevándose bien con todo el mundo y diciéndole a gente que conoce hace un día cuánto los quiere, sino para no perderme la provocación, el insulto, el certero aletazo de Pamela Díaz a Adriana Barrientos. Eso es tener sentido del espectáculo. Eso es lo que me gustaría probar. No el aletazo de la Díaz, que quede claro, sino el constante roce –no en el sentido físico del término –con los otros participantes. Si alguno defendiera a ya-saben-quién, imagínense el goce de discutir con él.

Investigación. Quinta confesión: simplemente adoraría estar algunos días con personajes tan extraños. Poder observarlos, conocerlos en directo, conversar con ellos. ¿Se imaginan la cantidad de temas que tendría para este blog? Claro, por un rato se transformaría en algo parecido a una versión online de un programa de farándula, pero quién sabe. A lo mejor saldrían temas como “Foxley no es tan pelotudo como parece”, “Adriana Barrientos no tenía una neurona. Son 2” o “Lo que no se muestra de Pelotón: Nabih en verdad quiere con el instructor”. De seguro, libreta en mano, podría hacerme de interesantes contenidos. Vaya a saber uno qué sorpresas aparecerían.

Experimentación. No es que quiera experimentar con alguna chica reality (cosa que me obligaría, por cierto, a buscar un reality que durara el resto de mi vida), sino algo mucho más preciso, y que me lleva de vuelta al punto del conflicto: me encantaría poder aplicar en directo, de manera intensiva y como si fuese un laboratorio de alta tecnología, el Manual del Insoportable. Lección por lección, paso a paso, ir probando, confirmando y/o descartando la utilidad de esas enseñanzas. Estoy seguro de que lograría rápidamente posicionarme como un insoportable total, y de que, pese a eso –o gracias a eso, más bien –seguiría un buen rato ahí. Y –teoría por confirmar –probablemente dando rating.

Lucas. Sí, el vil dinero que todo lo ensucia. Pero ganarse buena plata puro pelotudeando (o investigando seriamente, que sería mi caso), para luego salir del encierro y seguir pelotudeando (a la vez que tabulando resultados, analizando, en mi caso) y seguir cobrando bien. Un lujo, ¿no? Porque convendremos en que ningún participante de reality se gana la plata filosofando ni haciendo grandes aportes a la humanidad. Básicamente se exponen, hablan muchas pelotudeces (mientras más, mejor), pelean con algún otro participante y ya. Por eso les pagan. Y bien. Sexta confesión (ya sabida por muchos): pelotudear (¿existirá el término?) es lo mío.

Una segunda parte de este post incluirá las desventajas que supondría mi ingreso a uno de estos programas. Porque claro, no todo es tan lindo. Si todo fuera ganancia, estaría acampando en la entrada de algún canal de TV, por último esperando hasta que (les aseguro que a alguien ya se le ocurrirá) se haga un reality de indigentes. Esperen, hagan como que no leyeron eso. Le voy a vender la idea a algún canal, eso sería un hit seguro. Bueno, eso, no se adelanten con las desventajas, que ya vienen.

Y como siempre, estimados, estimadas y quienes apoyan a ya-saben-quien (a quienes, claro, no puedo estimar), espero sus no aportes. ¿Entrarían a un reality? ¿Debería yo entrar? ¿Tomo mi saco de dormir y me voy a ofrecer a algún canal?