Gracias totales

1.9.11 42 Comments


Yo trabajo. Me encantaría tener plata suficiente para vivir sin hacerlo, pero ya ven… no tengo tanta suerte.

Ayer, muchos supieron –en parte– en qué trabajo, o he trabajado. Un medio se encargó de difundirlo, como si tuviera algún valor periodístico. Otro replicó la información, con serias imprecisiones.

De todo esto saco algunas conclusiones:

1. No me equivocaba cuando empecé, en 2007, mi blog bajo un seudónimo, o cuando en 2009 comencé en Twitter bajo la misma chapa. ¿Por qué lo hice así? Porque sé de los prejuicios de este país, y no quería que mi nombre, colegio, universidad, familia o profesión influyeran en cómo se leían mis opiniones. Durante casi 5 años opiné de todo, y las opiniones se pesaron por sí mismas (en su escaso o nulo peso), no por quién las emitía. Creo que fue un acierto.

2. La idiotez abunda. Ser incapaz de diferenciar lo que hago profesionalmente de lo que tuiteo u opino de manera personal no resiste análisis. La diferencia está en que hay muchos, demasiados, sentados cómodos frente a sus computadores o con sus smartphones, guerrilleros de escritorio, disparando a lo que se cruce. Sigan ahí, yo también lo haré. Pero también voy a hacer algo en 3D. De los que mezclan, además, temas familiares, ni siquiera voy a hablar. Sería darles una importancia que no tienen.

3. Trabajar para o en un gobierno no significa estar de acuerdo con todo lo que hace. Conocí a muchos que, sin compartir la ideología política del gobierno, hacen un tremendo trabajo en sus áreas. Mientras se pueda mantener libertad para opinar, la pega es pega. Si me hubieran pedido censurarme o medirme en mis comentarios –cosa que nunca hicieron– no lo hubiera aceptado.

4. Voy a seguir tuiteando. Tal vez incluso retome antes de lo pensado un espacio como columnista al que renuncié por la violencia ambiente. Porque quiero. Porque puedo. Porque mientras haya un espacio para opinar, lo voy a seguir haciendo. Porque me gusta y me entretiene.

5. Esto, al final, fue un favor. Me libraron del personaje, que ya se venía arrastrando hace tiempo. Voy a mantenerlo, sabiendo-que-saben, solo por darme el gusto de no matarlo. Le agarré cariño, qué quieren que les diga. Así que a los que creyeron que con esto me perjudicaban: gracias totales.

6. Agradecer a muchos –algunos conocidos, otros no– que entendieron de qué se trata todo esto.

7. A los que son incapaces de entenderlo, o me atacan por mi apellido, mi trabajo o mis parentescos, dejen de seguirme y se soluciona el problema. O, si prefieren, tomen un par de huevos, un poco de aceite y sal a gusto y hagan una buena dosis de mayonesa casera. Acuérdense, eso sí, de lavar bien los huevos. No queremos lamentar desgracias.

The Social Network (o una pésima reseña de una buena película)

29.10.10 13 Comments


Partamos sincerándonos: no soy crítico de cine, ni pretendo serlo. De hecho, aunque me gusta, voy poco a ver películas. Trabajo, vida familiar. Bueno, razones –excusas, si se quiere– hay muchas. El punto es que esta semana fui a ver The Social Network. La película, no la persona, se entiende. Y aunque, ya está dicho, no soy crítico de cine, acá va mi opinión.

Para comenzar, no iba muy motivado. Aunque tengo cuenta de Facebook, no me gusta. Demasiado tiempo, demasiada información, gente de la que no me interesa saber –no toda, claro, pero mucha–, demasiado de todo. Yo fui de los que pasó del blog a Twitter. En Twitter me quedé, aunque a veces, cada vez menos, vuelva al blog. ¿Una película de Facebook? Partíamos mal, aunque había leído algunos buenos comentarios.

La película es entretenida, de eso no hay duda. La historia de la creación de Facebook, con Mark Zuckerberg robando la idea, traicionando a su mejor –único, en realidad– amigo, los juicios… todo funciona. Buenas actuaciones (incluso de Justin Timberlake, en el papel de Sean Parker, fundador de Napster y socio minoritario de Facebook), buenas tomas (mal que mal, dirige David Fincher) y una banda sonora espectacular, obra de Trent Reznor, de Nine Inch Nails.

El papel de Zuckerberg, interpretado por Jesse Eisenberg, es notable. Un nerd en toda su expresión (como probablemente sea el personaje en el que se basa), con un sentido del humor bastante especial y una falta de adaptación social casi sin límites. Un nerd de libro, básicamente.

Sorprende ver a actores desconocidos –al menos para mí– a los que se les cree, probablemente porque no están encasillados ni identificados con otro personajes o con un tipo de papeles determinados.

Dicen –¿han visto expresión pero que “dicen”, tan etérea, tan poco confiable? – que debería tener varias nominaciones al Óscar. Me juego por banda sonora y mejor dirección, por lo menos. No es que se las vaya a ganar, pero nominación, creo que sí.

Releo lo que he escrito y no me gusta nada. No refleja lo que quería decir. Ni modo, ¿dije que no soy crítico de cine? Eso me pasa por meterme a comentar de cosas de las que no tengo idea. Sé, eso sí, que la película me entretuvo, y que si alguien me pregunta –cosa poco probable, en cualquier caso– se la recomendaría. Y sé también que tengo que empezar a ver películas con menos prejuicios, o acostumbrarme a la sorpresa de encontrar una buena película donde esperaba encontrar un desastre. Tal vez sea la mejor opción.

P.D. La foto la "tomé prestada" de Andes Films. No vaya a ser cosa que por no citarlos se me enojen. Si ellos la tomaron prestada de otra parte, ni idea.

A tomárselo con humor

20.5.10 60 Comments


¿Cómo puede el humor, ese atributo tan valorado, presumido, anhelado en tiempos “normales”, ser sin embargo despreciado, negado e incluso censurado en momentos difíciles? ¿Qué es lo que nos arrastra a esta suerte de bipolaridad social, que nos lleva a renegar de todo lo que huela a mínimamente gracioso cuando estamos en problemas?


Millones y millones se pagan a los humoristas para que nos hagan reír cuando tenemos motivos de sobra para hacerlo, pero ¡ay! de quien ose hacer un chiste cuando los ánimos están a mal traer. Paradójico el humor: cuando más se le necesita, menos se le acepta.


“La risa abunda en la boca de los tontos”, recuerdo haber escuchado en mi infancia. Errónea apreciación. Nefasta, por la relación –confusión, acaso– entre risa y humor. Desde niños nos enseñan a ser serios. A comportarnos “como corresponde”. A actuar apropiadamente, a sentarnos derechos, a no interrumpir a los mayores. A adecuarnos a las normas y usos sociales, al fin.


Ya adultos nos damos cuenta de que el humor no es tontera, sino al contrario, muestra de inteligencia. Pero ya es tarde. Porque el humor no se compra en la farmacia. El humor se aprende, se absorbe desde niño. Se cultiva. Sobre todo se cultiva. Para el que no lo hizo a tiempo, no hay vuelta atrás. ¡A enseñárselo a nuestros hijos!


Lamentablemente, incluso quienes habitualmente gozan de un notable sentido del humor reaccionan ariscos ante un chiste lanzado en un momento “inoportuno”. ¿Qué hay detrás de eso? Tal vez son los sermones de padres, profesores, adultos en general, que cuando niños nos enseñaban lo que debía y no debía hacerse, que vuelven a nuestra mente. Resuena la letanía no-te-rías-no-te-rías-no-te-rías-no-te-rías. Eso no es divertido, eso no es gracioso. Eso no, eso no.


¿Por qué no? Si es socialmente aceptado como un atributo deseable, ¿por qué limitarlo? ¿Por qué reservarlo para ciertas reuniones sociales, momentos acotados de nuestra vida? No podemos –no corresponde, nos enseñaron– sacarlo a relucir en reuniones formales, momentos solemnes, situaciones complicadas. Cuando de verdad se lo necesita.


Tengo algunos recuerdos tristes de mi vida. Momentos difíciles, pérdidas, dolores que llevo conmigo hasta hoy. Sin embargo, no recuerdo ninguno de ellos sin algún espacio de risa, de humor intenso. Carcajadas algunas veces, risas solapadas las más. Los momentos de mayor–y más negro– humor de mi vida han sido durante trances difíciles. Funerales, momentos de dificultad familiar o personal. Siempre la risa me ha ayudado.


El humor, me he convencido a lo largo de mi vida, es una manera de ser. Una forma de enfrentar la vida. Y no hablo de andar de payaso por el mundo, de ser el bufón de la corte. No se trata de eso, sino de tener la capacidad de ver lo divertido, lo ridículo, lo gracioso que encierran todos los momentos de la vida, por difíciles que sean. La capacidad, también, de reírse de uno mismo, que es –creo– la base sobre la que descansa el verdadero humor.


No todo puede ser tan grave. Venimos al mundo –y muchas veces nos vamos de él– entre llantos. ¿Por qué no tratar de compensar esa inefable verdad riéndonos a destajo, con dolor de guata y lágrimas, mientras podamos? “Con la muerte no se hacen bromas”, he escuchado una y otra vez. ¿Por qué no? ¿No vamos todos, acaso, irremediablemente en esa dirección? ¿Qué es lo que hace, o debería hacer, a la muerte tan sagrada que no podamos reírnos de ella mientras tenemos tiempo? Mal que mal, finalmente será ella la que se ría de nosotros, por lo que deberíamos al menos tomarle un poco de ventaja.


Seamos más insolentes, menos serios, más graciosos y menos severos en nuestra vida. Pero hagámoslo bien: pongámoslo en práctica cuando parece que no se puede, cuando todos nos censuren por hacerlo. Cuando la reprobación sea generalizada. Reventemos el contexto, mostremos que, sin dejar de lado los sentimientos difíciles, podemos reír. Seamos subversivos, refractarios, ganémosle el espacio a la seriedad, el dolor y la tristeza a punta de humor. ¿Que ese humor es demasiado negro? Tal vez, pero me tiene sin cuidado: no soy racista.

Las cañas

18.1.10 69 Comments

La caña, conocida también como resaca, estar con la mona o –para quienes gustan de usar anglicismos, hangover– es ese terrible despertar con secuelas luego de una noche desordenada. Aunque la más común –o al menos la más conocida– es la clásica caña producto del exceso de alcohol, no es la única. Porque hay muchas sustancias, situaciones, circunstancias que pueden desencadenar estos síntomas. Y por supuesto, las soluciones para cada uno de estos cuadros es diferente. Eso cuando hay solución, porque hay cañas irremediables.

A continuación, una breve reseña de algunas cañas. Con seguridad no son todas las que existen. Pero para completar la lista están ustedes, estimados, estimadas. De seguro varios de ustedes tendrán experiencia al respecto.

La caña alcohólica: es, ya está dicho, la más común. Luego de una noche de desenfreno etílico, el despertar de la mañana siguiente suele ser cargado al dolor de cabeza, problemas estomacales y boca reseca, pastosa. En muchos casos se suman los ojos rojos y ardiendo, lo que en conjunto con los demás síntomas, puede ser un verdadero infierno. ¿Soluciones? No muchas: ingerir líquido en grandes cantidades, tratar de dormir algunas horas extra, tomar paracetamol o algún otro calmante del dolor. Evitar, por supuesto, los decibeles excesivos.

La caña de cigarro: menos conocida que la caña alcohólica, la caña de cigarro se manifiesta principalmente en la garganta rasposa, la voz un par de tonos más baja que lo habitual y algo de tos. Dependiendo de la cantidad de tabaco/nicotina/alquitrán aspirados, los síntomas serán más o menos intensos. Se suma, por lo general, una aversión intensa al olor a cigarro, que obviamente impregna la ropa, el pelo y todo, todo lo que lo rodea. ¿Solución? Ninguna. Los remedios para el dolor de garganta algo alivian, pero créanme, no demasiado. Solo queda esperar a que pasen los síntomas. Paciencia, y no se le ocurra prender el primer cigarro del día en horario AM.

La caña electoral: es la que afecta a los perdedores al día siguiente de una elección. Esa amargura en la boca, esa sensación de haber podido hacer algo para obtener el triunfo, la idea de que el vencedor no merecía la victoria. Los síntomas son más o menos severos dependiendo del compromiso político del afectado. Generalmente, mientras más comprometido, mayor caña. En el Paradójicamente, son los más afectados quienes primero se recuperan. Asimismo, quienes mayor responsabilidad tienen en la derrota –por lo tanto, los mayores causantes de la caña– suelen no sufrir de la misma. A los afectados, solo les queda tener paciencia y resignarse. Tarde o temprano pasa.

La caña moral: aparece luego de una noche que, por lo general, combina varios desenfrenos. Suele ir acompañada de la caña alcohólica y/o la del cigarro. Aparece cuando en la mentada noche se cometieron actos reñidos con la propia moral, conciencia, costumbre o cualquier otro término similar. Obviamente, mientras más severos y acotados sean los propios límites violados, mayor será la caña. El único remedio posible es flexibilizar las normas. Déjese de joder metafóricamente y hágalo literalmente, es mucho más sano.

Y usted, estimado, estimada, ¿qué experiencia tiene con las cañas? ¿Alguna mala experiencia mañanera que compartir?

Post coprolálico

29.12.09 15 Comments

Vuelvo para cerrar el año. Esta vez no haré un recuento, ni mi lista de propósitos para el próximo. Pensé hacerlo, lo reconozco, pero constatar que se termina otro año y no logré parapetarme me tiene deprimido. Aunque logré otras cosas que me propuse, por cierto, como probar el mote con huesillos. En fin.

Vuelvo, eso es lo que (me) importa. Y para hacerlo, tomo prestada una idea de Kareeenyeah (no me pregunten el nombre real, que no lo sé), surgida de una pregunta que me hiciera en Twitter, o más bien en formspring.me: ¿por qué los chilenos ocupamos órganos genitales para referirnos a cosas buenas o malas? Y ahí, respondiéndole, me dije a mí mismo: “mismo, esto debería ir al blog”. Así que aquí vamos.

Como el pico: esta expresión, así como sus variaciones “como la corneta”, “como la callampa” y tantas otras, se utiliza para denotar algo malo. Negatividad pura: “me fue como el pico”. Ahora, la cosa no es tan simple como parece. Si bien ocupo a veces esta expresión con el sentido ya descrito, cabe la posibilidad de que alguien la ocupe con el sentido contrario: para describir algo como bueno. ¿Qué pasaría, por ejemplo, si una mujer de mala vida (otro término confuso, por demás) dice que algo le salió “como el pico”? Lo menos que hace es llamar a engaño, considerando que dicho elemento es, en último término, el que le permite subsistir. Paradojal, por lo menos.

La zorra: la lógica supondría que es el equivalente femenino de “como el pico”, y que se utilizaría para describir cosas negativas. Pero no. Algo “la zorra” es bueno. ¿Feminismo? Ni en broma, sino machismo. Haga un simple cálculo: el macho recio va caminando y de improvisto se encuentra con un pico. ¿Bueno o malo? ¡Como el pico, obvio! Pero, ¿y si va caminando y se encuentra con una zorra? ¡La zorra! Más claro echarle agua.

La raja: utilizado para referirse a algo bueno, “la raja” menos inapropiado, en muchas ocasiones, que “la zorra”. Vaya a saber uno por qué, su uso es mucho más común que el de la mentada raposa.

Como las huevas: referido a algo malo. Aplica la misma lógica que con “como el pico”. Mal que mal, son bastante cercanos.

Como el hoyo: también usado para denotar negatividad de algo.

Teta: menos extendido, también se utiliza para describir algo bueno. He escuchado la variación “teta de monja”, aunque desconozco exactamente a qué apunta. En todo caso, podría interpretarse como “reverenda teta”, símil femenino –y por tanto, opuesto en su significación positiva/negativa– al “reverendo pico”, que denota algo muy malo.

Pero si creían que con esto quedaba todo dicho, se equivocan. Porque el tema es más complicado. Por ejemplo: “me fue la raja” se usa para decir que me fue bien, pero “me fue como la raja” significa que me fue mal. Lo mismo con “la zorra” y “como la zorra”. Ahora, lo curioso es que “como el pico” y “como las huevas” no tienen sus contrapartes positivas, que tendrían que ser “el pico” y “las huevas”, respectivamente. Complejidades del lenguaje.

A ver, estimado, estimada, ¿cómo es su experiencia con estos términos? ¿La raja? ¿Como el pico?

Siniestro regreso

4.12.09 16 Comments

Después de meses sin aparecer por estos lados, el destino me impulsa a retomar. No lo busqué, lo juro, aunque siempre está ahí, parpadeando, la tarea pendiente. He estado dedicado a otras cosas, y Twitter ha saciado mi necesidad de transmitir no aportes (@elquenoaporta, a todo esto). Pero bueno, ya está dicho: el destino se encargó de hacerme volver. Así es que aquí vamos.

Todo comenzó cuando una de las paredes de mi departamento –la pared del living, para ser más preciso- comenzó a evidenciar una filtración. Da la casualidad que al otro lado de dicha pared, se encuentra el lugar donde va la lavadora. Por el muro pasan las cañerías, claro. Y las cañerías, aunque no deberían, filtran.

No quedó más remedio que llamar a un maestro para que arreglara el problema. O, como reza esa espantosa expresión, “tuve que saber llamar a un maestro”. Llegó el hombre a evaluar la situación. Rápida inspección ocular y el diagnóstico lapidario, pero esperable: “hay que dentrar a picar”. Pero no sería en ese momento, claro, sino al día siguiente.

Y llegó el día D. Jueves en la mañana, y el maestro se puso a destruir. Nada que pueda gustar más al gremio. A punta de combo y cincel, desnudó las cañerías hasta ese entonces ocultas en la pared. Y tanto las desnudó, que la logia quedó directamente comunicada con el living. A través de un acotado agujero, es cierto, pero comunicada. En eso se encontraba concentrado el hombre cuando llegó la hora del hambre, y el maestro se fue. No solo sin arreglar la filtración, sino incluso sin encontrarla. No volvió más.

Reapareció el maestro casi una semana después, como si nada. Y encontró, luego de algún rato, la filtración. Y se puso manos a la obra. Pero lo que parecía una simple tarea se convertiría en lo que solo puede convertirse un trabajo de gasfíter: un verdadero desastre.

Ya descubierta la cañería y ubicada la filtración, la cosa era simple: soldar y ya. Y claro, el maestro sacó su soplete, lo prendió, reguló el oxígeno de la llama –no fuera la soldadura a quedar mal hecha- y comenzó el arreglo. Póngale llama maestro. ¿El detalle? Al otro lado de la pared se encontraba el sofá del living: un modelo bastante estándar, comprado en multitienda, de eso que hoy se da en llamar ecocuero, como tratando de dar un sustento ecológico a la simple imposibilidad de solventar un sofá de cuero real. En fin, el sofá de tres cuerpos que llena buena parte del living.

Quiso Murphy, y el maestro, que allí estuviera el sillón. Y quiso también que la llama del soplete pasara directo a través del hoyo en la pared. Dicen –no me consta- que el cuero verdadero no se quema aunque se le acerque una llama. El ecocuero sí. Y no sólo se quema, sino se prende. Con llamas, material derritiéndose y todo eso. Con escándalo. Palabra de maestro.

Cuando el personaje logró darse cuenta del siniestro en ciernes, corrió a apagarlo. Lo único que encontró a mano –o lo primero que agarró, al menos- fue un cojín guatemalteco bordado a mano, traído directamente de la luna de miel. Logró apagar el fuego. A costa del cojín, por cierto. Se alcanzó apenas a salvar el mejor cuadro existente en este hogar, colgado justo en esa pared. Y como si fuera poco, el maestro se quemó una mano, por lo que partió –nuevamente sin arreglar el desperfecto- a algún centro asistencial.

Y aquí estamos, con el living aún conectado a la logia, un sillón seriamente dañado, un cojín inservible y sin poder usar la lavadora. Del maestro, ni rastro. Ahora pienso que la pintura inflada en la pared –ni tan visible detrás del sillón- no era tan terrible. Al menos no comparada con la situación actual.

¿Lo peor de todo esto? No me extraña que haya pasado. Los maestros en general, y los gasfíteres en particular, son desastrosos en este país. No hay caso con ellos, por más que prometan eficiencia, experiencia, seriedad… son un espanto. ¿Lo bueno? Ahora puedo decir, con propiedad, que sufrí un siniestro. Pude incluso quedar damnificado, algo que puedo incluir al momento de contar la historia. No es lo mismo que parapetarse, pero peor es nada.

Por qué no ser un chico reality (sesión de autoconvencimiento)

10.8.09 10 Comments

Aquí vamos con la segunda parte (ya sé que las segundas partes rara vez son buenas, pero cuando la primera tampoco lo es, poco importa) del post sobre los realities.

En la primera parte hice un sesudo análisis de las razones por las que debería participar de uno de estos programas. Más allá de la contundencia de los argumentos –al menos discutible –creo que son motivos de peso. O de pesos, más bien. El punto es que me terminé de convencer: yo sería un buen participante, al menos por el breve lapso que durara dentro.

Durante estos días, varias personas me han preguntado si escribí en serio ese post. Cuando les respondía que sí, me miraban con una extraña expresión, mezcla de pena, compasión y miedo. No ha aparecido –hasta ahora- una camisa de fuerza, creo que por poca disponibilidad del accesorio más que por falta de ganas de uno que otro amigo o conocido.

Para complementar el post anterior –y para que quienes me prodigaron esas indescriptibles expresiones no crean que estoy tan mal –va esta nueva entrada, con las razones por las que no debería participar de un reality show. Luego, mediante un simple proceso de comparación, creo que estaré en condiciones de saber fehacientemente si debo o no tomar mis cosas y acampar afuera de algún canal.

Exposición. La que fue la primera razón para justificar mi ingreso a un encierro de este tipo, es también la primera para descartar esa posibilidad. La perspectiva de que cientos, miles, acaso millones de personas sepan lo que hago o dejo de hacer me aterra. Porque un reality no permite, como otros formatos televisivos o de cualquier medio, colgar el traje e irse tranquilamente a la comodidad y privacidad del hogar. No señor. Pregúntele al recluta Chadud, o al extramusculoso Schilling. No es que pretendiera, al entrar a un programa, tener actuaciones como las suyas (mal me iría al volver a la realidad), pero estar expuesto 24/7 a las cámaras, y peor aun, depender del criterio de guionistas y editores del programa sobre qué es lo que sale al aire... no gracias.

Sentido del ridículo. Este exacerbado sentido seguro me haría, en algunos momentos, pasarlo no del todo bien. O derechamente mal, si se quiere. No tengo problemas con duelos eliminatorios (no de la selección, sino de los que sostienen los participantes de estos programas), ni con el grueso de esas conversaciones tipo “cabildo”, “concejo” y tantos otros creativos nombres. Pero hay cosas que simplemente me superan. Durante esas mismas terapias grupales, cuando algún participante comienza a filosofar... Dios me libre. El café concert realizado en Pelotón hace algunos días, ni hablar. Foxley haciendo un striptease, Kenita animando, otra haciendo imitaciones, otros bailando, una última cantando... una combinación simplemente letal. De haber estado ahí, mi ubicación hubiera sido bajo una de las mesas –cosa que, de seguro, los guionistas se hubieran encargado de hacer aparecer como actividad puramente sexual con alguna de las participantes más próximas al lugar –y no participando del triste espectáculo.

La familia. Sí, sería un costo importante. Estoy seguro de que a mi señora no le agradaría que yo me introdujera en estas lides. A mi hija, en cambio, creo que le causaría más que nada extrañeza: eso de hacer zapping y pasar entre, digamos, Mickey y su papá, podría ser algo confuso. Ni hablar si el cambio de canales incluyera a Barney o los Teletubbies, caso en el cual se haría insoportable. Además, convengamos en que es difícil, por muy padre de la criatura que sea, ganarle a tamaños competidores. Y tampoco estoy para vestirme de morado y cantar “te quiero yo, y tú a mí...”, porque –ya está dicho –las vergüenzas (ajena y propia) pueden más.

Y eso sería. Como ven, las ventajas son más que las desventajas. La balanza se inclina inexorablemente hacia el ingreso. Ahora, recapacitando respecto del próximo post –prometí un casting sobre quiénes me deberían acompañar en el encierro –he decidido replantearlo. Creo que, a partir de ahora y para seguir profundizando en el tema, propondré no sólo el casting, sino también el tema del encierro. Será más de una opción, claro, para abrir las posibilidades. Quién sabe si algún productor, director de programación o algún otro pez gordo de la TV local se entusiasma con la idea y cumple mi sueño. Algo así como un hada madrina mediática, un genio catódico, un mecenas televisivo. Señoras, señores, desde ya acepto ofertas.