Mañas en el baño

24.8.07 53 Comments

Todos somos mañosos, asumámoslo. En mayor o menor medida, cada uno tiene sus preferencias, sus obsesiones, sus rutinas. Sus mañas, al fin y al cabo. Las mismas que con los años se van acentuando y, claro, fijando. No es cosa de llegar y decirle a alguien que lleva varias décadas haciendo algo “a su manera” que cambie. No, porque la maña se afirma con el paso del tiempo. La frase cliché cae de cajón. “el hombre es un animal de costumbres”.

Personalmente me asumo mañoso en extremo. Desde que tengo recuerdo lo he sido, y ya está dicho, la condición se ha ido acentuando con los años. Que tampoco son tantos, que quede claro. Pero es que me gusta hacer las cosas a mi manera. Que las cosas luzcan como a mí me gusta. Que no me vengan a cambiar mi particular y sagrado statu quo.

En mi caso –y en el de muchos mañosos que conozco –hay un lugar que reúne la mayor cantidad de mañas: el baño. No sé por qué, pero es ese santuario del aseo humano, ese vertedero de desechos fisiológicos, el que concentra tal vez la mayor cantidad de manías.

La situación empeora cuando se decide compartir la vida –y el baño –con otra persona. Las mañas que se habían desarrollado tranquilamente se juntan con otras, y se produce el choque. El campo de batalla habitual: el baño, claro.

A continuación, algunas mañas propias y ajenas que se dan en este particular espacio. Si se siente identificado, no es casualidad: pese a que me reconozco mañoso, estoy seguro de que comparto mi condición con muchos. Adelante, comparta sus mañas y complete la lista.

Por cierto, una precisión: todas las mañas a continuación explicadas se refieren al baño de la casa, a ese espacio tan propio, tan personal y hogareño, y no a los baños públicos, que dan para cualquier cosa. Aclarado este punto, ahora sí.

La tapa del WC arriba. Obsesión preferentemente femenina, es pelea común en casi cualquier pareja heterosexual. Tema recurrente en asados, comidas y juntas varias, nunca he logrado que una mujer me explique por qué la posición “normal” u “obvia” de la tapa es abajo y no arriba. Si alguien conoce la razón, que me lo explique, por favor.

Las puertas abiertas de los botiquines. Esta es personal. Me molestan profundamente. En mi actual baño, con botiquín de puertas correderas, por antiestético. Eso de exponer los personales afeites e implementos de aseo –sea cual sea la zona a asear –me parece de una impudicia insoportable.
En el caso de mi anterior baño, se sumaba al aspecto estético el de seguridad personal: la puerta se abría hacia fuera, justo sobre el WC. Más de una vez mi más legítima esposa dejó la puerta abierta y al levantarme al necesario acto de micción matutina –medio dormido, por cierto –el cabezazo contra el canto de la puerta me hizo maldecir a viva voz. La solución fue el canje: cada vez que me encontraba la puerta abierta, dejaba la tapa del WC arriba. Pavlov tenía razón.

El jabón con pelos. Simplemente repugnante, incluso cuando son pelos propios. Si son ajenos, tanto peor. En este punto, cabe destacar que no todos los pelos son igualmente repulsivos. El grosor, nivel de rizado y, se adivina, lugar de origen, determinan un claro escalafón de asquerosidad, tema en el que no profundizaré.

Los pelos por todas partes. En el suelo, el lavatorio, la ducha o tina –tina de hidromasajes, para los más pudientes –o donde sea, los pelos olvidados son algo en extremo desagradable.

Las toallas en el suelo. Los ganchos, perchas, barras y demás implementos para colgar se inventaron por algo. El suelo es lugar para los –de ahí el nombre –pisos de baño. No para las toallas. Esos montones arrugados, con más de una toalla, me parecen francamente desagradables.

El tubo de pasta de dientes. Esta es una de mis peores mañas, lo sé. El tubo en cuestión debe estar inmaculadamente apretado, desde el fondo hacia la boca. Nunca –en serio nunca –por la mitad. Menos así a la rápida, dejándolo arrugado. El ideal eran esos aparatitos con una base y un tubito en el cual se insertaba el extremo inferior, y que al darlo vuelta se iba enroscando pulcramente.
Además, el tubo debe estar siempre tapado y su boca limpia. Esos tubos con restos de pasta seca en la boca me producen náuseas.

El lavatorio escupido. Simplemente atroz. Encontrarse con espuma de lavado de dientes ajeno esparcida por el lavatorio debe ser una de las sensaciones más desagradables al ingresar a un baño. La cosa empeora si el lavado se produjo hace mucho rato y la espuma está seca. Terrible.

El papel higiénico arrastrándose. Claro, con el tirón el rollo sigue dando vueltas y el papel se arrastra por todo el baño. ¿Es tan difícil sacar papel con cuidado o, en el peor de los casos, dar un par de vueltas en sentido inverso para devolverlo al estado que le corresponde?

Los olores. Sí, a veces es inevitable, en especial cuando se trata de baños sin ventanas. Incluso sin extractor de aire. Pero siempre, siempre existirá la opción de un desodorante ambiental que, aun con alguno de esos olores repugnantes como “Pachulí” o “Flores silvestres” o “Bosque lluvioso” o “Suavidad del algodón” será mejor que el olor a digestión completa.

Las salpicaduras, primera parte. Las tapas, bordes, suelo o cualquier superficie salpicada de orina me produce terribles sentimientos respecto de quien originó las salpicaduras. El tiempo también empeora las cosas en este caso, ya que las gotas –pozas, en el peor de los casos –con el pasar de las horas se convierten en una costra amarillenta capaz de perseguirme en mis peores pesadillas.

Las salpicaduras, segunda parte. El rayado de cancha, las pecas, la pelada de forros. Múltiples términos para una misma y desagradable situación: los restos de desechos orgánicos adheridos a los bordes interiores del WC.

Los flotadores. No me extenderé en explicaciones, ya que me parece que la denominación es demasiado explícita. Restos del naufragio, a la deriva en el mar del WC, encontrarse uno puede llegar a ser motivo de divorcio.

Términos enfermantes

3.8.07 37 Comments

Siempre he gozado de buena salud, por suerte. Las pocas veces que he debido estar en una clínica ha sido por cosas menores, y casi siempre de manera ambulatoria. Por lo mismo, nunca tuve la oportunidad de fijarme en detalle en los términos utilizados al interior de estos establecimientos, aunque siempre me han llamado la atención.

Sin embargo, mi suerte cambió: recientemente tuve la gloriosa experiencia de pasarme cuatro días en una clínica. Y, mejor aún, como acompañante, lo que me dio tiempo de fijarme en todo lo que pasaba y se decía sin distracción por dolores, molestias ni nada parecido. Por lo demás, como estaba completamente sano, pude deambular por pasillos, ascensores, cafeterías y salas de espera, multiplicando enormemente posibilidad de oír conversaciones ajenas.

Esta sublime estadía tuvo además como motivo el nacimiento de mi hija, por lo que adicionalmente tuve acceso a términos vedados para otros pacientes. En fin, hija aparte –una maravilla, por cierto –fue una provechosa experiencia. Conocí términos capaces de dejar a cualquiera internado: de verdad enfermantes. A continuación, y sin más preámbulo, algunos de los vocablos que tuve la dicha de escuchar.

El procedimiento. El término fundamental al interior de una clínica. Todo, pero de verdad todo, es un procedimiento: poner el termómetro, tomar la presión, revisar al recién nacido, cambiar una bolsa de suero. Incluso algo tan natural como mudar a la guagua. Lo mejor es que es un término –eso creen los funcionarios –que mantiene incólume la dignidad del paciente que está siendo sometido al dichoso procedimiento, porque no se revela la naturaleza del mismo. De ahí que la sola mención de la palabra haga aparecer en la cara de quien la pronuncia un halo de misterio.

Bonus track: en el caso de la clínica en cuestión, los ascensores inteligentes anunciaban cada piso. Así, se abrían las puertas en el primer piso y una voz de mujer pseudo sexy decía suavemente: “primer piso, hall central”. Al detenerse en el tercer piso, la voz anunciaba: “tercer piso, procedimientos”. O sea, tienen un piso exclusivo para eso. Un lujo. Confieso que, aunque iba al quinto, alguna vez apreté –con disimulo, como si fuera accidentalmente –el botón del tercero. Sólo para oír la palabra pronunciada por esa voz.

La vamos a destapar. Temible anuncio de la enfermera, auxiliar de enfermería o cualquiera sea el cargo de quien entra rauda a la habitación. No se trata de que la pieza esté calurosa y vayan a destaparlo a uno para que no transpire tanto. Ni de que la paciente esté escondida bajo las sábanas. Es simplemente un eufemismo para entrar con una serie de artículos de aseo personal a limpiar las zonas pudendas. Atroz. Lo que me lleva al próximo término.

Le vengo a hacer un aseíto. Otro eufemismo espantoso. Está bien, no pretendo que la enfermera entre diciendo –perdonen ustedes –“vengo a lavarle el culo”, o “le vengo a jabonar el poto”. Pero creo que hay formas menos repugnantes. “La vengo a lavar”, por ejemplo. Por lo demás, el diminutivo es aún más irritante.

Las deposiciones. Perdí la cuenta de cuántas veces escuché esta palabra. Le preguntaban a la parturienta si había logrado hacer deposiciones. Miraban la ficha de la recién nacida y comentaban que había hecho sus deposiciones regularmente. Al mudarla constataban el estado de las deposiciones en el pañal. Enfermante, de verdad. Casi me deposiciono de puro molesto.

La mamita. No pueden evitarlo. Para el 98% de las matronas, enfermeras, auxiliares de enfermería, de aseo –del lugar, no de la paciente –,de las nutricionistas, del personal todo de la clínica, la reciente madre no tiene nombre. Es pura y simplemente “la mamita”. “¿Cómo amaneció la mamita?” es la primera cosa que uno oye en el día. De ahí en adelante, será constante. Inútil es indicarles que la mamita tiene un nombre, que por lo demás consta en la ficha, en la puerta de la pieza, en todas partes. Ante un comentario del tipo “no me diga mamita, me llamo X”, sólo recibirá una mirada entre sarcástica y compasiva, unos segundos de silencio y un “bueno mamita”. Peor es cuando a uno lo tratan de “papito”. Dan ganas ahí mismo de ponerse a cantar, como Lorna, “papi, papi, papi chulo…”. No hay salud.

Temperatura límite. Nos recomendaron mantener la temperatura ambiente entre 18º y 20º Celsius, de manera que la guagua no tuviera frío, pero tampoco se acalorara. Prudente recomendación, por cierto. El punto es que uno de los días entró a la pieza una enfermera que, sin más instrumentos de por medio que los termómetros con que Dios la dotó, determinó que la pieza estaba más cercana a 18º que a 20º. Por lo mismo, procedió a tapar mejor a la guagua, explicando amablemente que estábamos “a temperatura límite”. Por más que lo intenté, no pude volver a oír el término. Una joya.

¿Está molestita? Una expresión deleznable para preguntar a la paciente si se siente cómoda. Peor aún cuando la pregunta completa es “¿Está molestita la mamita?”. ¿No sería más fácil preguntar algo como “¿está bien?”, o “¿está cómoda?”. En fin, después de escucharla varias veces, debo confesar que me empecé a sentir algo molestito.

Acoplarse. Es el término utilizado para definir cuando el recién nacido agarra el pezón para tomar leche. ¿Qué es eso de acoplarse? Parece como de estación espacial, de Star Wars, pero ¿acoplarse al pezón? En fin, supongo que consideran a la madre como la nave madre, y a la guagua como la cápsula que la orbita. Un par de veces que la guagua no se acopló correctamente tuve la esperanza de que por citófono la enfermera informara “Houston, tenemos un problema”. Pero nada.

Eyección láctea. Dejé para el final esta verdadera obra de arte de la expresión oral castellana. Constatando si la leche salía apropiadamente, una de las enfermeras –o matronas, la verdad la risa del minuto no me permitió fijarme –comentó que la eyección láctea estaba bien. ¡Eyección láctea! O sea que no se trata de si la leche sale del pezón, sino de si la sustancia láctea es eyectada apropiadamente del envase en cuestión, circunstancia que se puede constatar mediante la presión y estiramiento de la válvula dispuesta para estos efectos en el centro del ya mencionado envase. Un tecnicismo de valor incalculable.

Sin duda quedan infinidad de términos fuera de este recuento. Como siempre, la invitación está abierta: aporte con el suyo.

Una actualización momentánea

2.8.07 6 Comments

Presento públicas disculpas por la falta de actualización, pero las incipientes labores de padre me han impedido seguir con las disquisiciones habituales. Además, la baba de padre primerizo arruinó mi teclado.

En todo caso, vaya junto con mi disculpa, una breve actualización del post “Debajo de las piedras” (del 8 de junio, y que trata sobre la presencia chilena en el mundo) mientras posteo algo decente.

Canadá: el Mundial Sub 20 de fútbol no hizo sino demostrar la importante presencia chilena en Canadá. La “Tía Rojita”, que lloraba al oír el himno patrio en el estadio, y a la que se buscó intensamente por varios días antes de dar con ella, es sólo una de las caras más reconocibles de esa verdadera horda de connacionales que apoyaron a la selección. Mención aparte para Condorito, fiel seguidor de la “Rojaza”, como chauvinistamente la bautizó Carcuro, y que se fue detenido por su arranque patriotero, más digno de la serie “Héroes” que de un Mundial de fútbol. ¿Que no vio la detención? Aquí está.

Islas Canarias: lamentable, pero no podía ser de otra forma. ¿De qué nacionalidad iba a ser la joven desaparecida –luego encontrada muerta –sino chilena? Este caso ha sido más relevante, porque captó la atención de los medios españoles –no sólo los chilenos –y principalmente porque se trata de un caso que nos atañe sólo a nosotros. Nada de “el chileno entre las víctimas”. No señores, aquí hay exclusividad. LA víctima es chilena.

La exclusiva: por último, un descubrimiento personal, que me hincha de orgullo. El Pavo Real, ese corrido venezolano que hiciera conocido fuera de Venezuela el grupo “Los Churumbeles de España” con el título de El Moreno, y que se convirtiera derechamente en hit con la versión de José Luis Rodríguez, El Puma, es un himno en mi vida. Siempre lo ha sido. No sé qué tiene la canción, pero no lo puedo evitar. Me subyuga, como diría alguien por ahí.
El corrido en cuestión fue compuesto por el venezolano César del Avila, “El Manguero”, quien además lo interpretaba habitualmente en su país. Según sus propias palabras, el sentido de la canción, lo de “yo les voy a aconsejar, que combinen los colores que en la raza es natural”, eso de “que un negro con una negra es como noche sin luna, y un blanco con una blanca es como leche y espuma”, se debe a su personal historia. Su madre era hija de una india con un español de las Islas Canarias, y él es más bien mestizo. El punto es que –atención chilenos todos –él vino a Chile y se casó con una chilena, blanca. Todo esto motivó la canción. O sea, Chile tiene directa injerencia en la génesis de esta obra maestra de la música universal. Las lágrimas corren en este momento por mi rostro, tengo la cara desencajada por la emoción. El Pavo Real es, en parte, chileno. Si no lo puede creer –a mí todavía me cuesta hacerlo –véalo con sus propios ojos, de boca de su autor.

Eso a modo de paliativo, ya viene un post hecho y derecho. Aunque como paliativo, el descubrimiento no está nada mal, ¿no? Se me olvidaba: hay una nueva lección en el Manual del Insoportable.