Primero, y antes que todo, debo hacer un mea culpa por el total y absoluto abandono en que he dejado este espacio durante el último tiempo. No se crea que estoy tan ocupado con mi nuevo rol de padre. Bueno, sí, bastante. Por lo demás, aprovecho lo que puedo para ejercerlo. Además tengo bastante trabajo en distintos frentes, por suerte. Pero no es eso lo que me ha hecho dejar de lado este blog. La verdad, lo que más ha influido es que retomé una antigua obsesión, lo que me llena el poco tiempo disponible para ítems del tipo "ocio". En fin, habrá que ir equilibrando.
He de confesar, eso sí, que lo tenía muy presente. Y a ustedes, fieles lectores, dijo el que se cree popular. He leído cada uno de los comentarios nuevos, incluso algunos que han caído en los primeros posts. En este tiempo de silencio, han llegado nuevos lectores. Bienvenidos todos. He recibido también comentarios extraños. ¿Recuerdan el post "Demonios"? 12 de marzo. Bueno, el tema es que en ese post recibí un comentario que, cómo no, procedo a citar de manera textual: "no mamen cabrones y cabronas se acusa con pruebas como las de Xuxa y pitufos pero no se anda diciendoi de toda pues no jodan o sino a los hombre les rompo el culo y a las mujeres la concha". Tamaña muestra de cultura me hizo emocionarme hasta las lágrimas. Y no fue lo único. Varios otros comentarios me han emocionado profundamente, sobre todo los que clamaban por un nuevo post, o decían que echaban de menos este espacio. Incluso agradezco uno que señala que “cada vez que voy al baño me acuerdo de usted” (sic). O sea, no es que agradezca el recuerdo en dicha circunstancia, pero en fin. Tiene algo especial eso de que se acuerden de uno, sea donde sea.
A modo de reparación, les comunico que he decidido plasmar en papel, y con espectacular apoyo gráfico, el post anterior. Y, si a nadie molesta, incluyendo algunos de los comentarios recibidos. La idea es extender el correcto uso de ese sagrado recinto que es el baño. Primicia absoluta para ustedes. Ya tendrán más noticias.
Como veo que me he alargado más de lo necesario en este sentido discurso, lo dejo solo, mientras escribo el post que, se suponía, estaba empezando. Parece que hoy ando un poco difuso en mis ideas, para variar. Pero, conciudadanos todos, tranquilos. Se viene el post del reencuentro. Esto es sólo un paliativo. Como para decir presente. Para traer calma a los atribulados corazones que clamaban por la inmensa sabiduría de este humilde servidor. Ya, suficiente. De hoy no pasa el próximo post. Cruz pal cielo.
No estaba muerto...
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Mañas en el baño
Todos somos mañosos, asumámoslo. En mayor o menor medida, cada uno tiene sus preferencias, sus obsesiones, sus rutinas. Sus mañas, al fin y al cabo. Las mismas que con los años se van acentuando y, claro, fijando. No es cosa de llegar y decirle a alguien que lleva varias décadas haciendo algo “a su manera” que cambie. No, porque la maña se afirma con el paso del tiempo. La frase cliché cae de cajón. “el hombre es un animal de costumbres”.
Personalmente me asumo mañoso en extremo. Desde que tengo recuerdo lo he sido, y ya está dicho, la condición se ha ido acentuando con los años. Que tampoco son tantos, que quede claro. Pero es que me gusta hacer las cosas a mi manera. Que las cosas luzcan como a mí me gusta. Que no me vengan a cambiar mi particular y sagrado statu quo.
En mi caso –y en el de muchos mañosos que conozco –hay un lugar que reúne la mayor cantidad de mañas: el baño. No sé por qué, pero es ese santuario del aseo humano, ese vertedero de desechos fisiológicos, el que concentra tal vez la mayor cantidad de manías.
La situación empeora cuando se decide compartir la vida –y el baño –con otra persona. Las mañas que se habían desarrollado tranquilamente se juntan con otras, y se produce el choque. El campo de batalla habitual: el baño, claro.
A continuación, algunas mañas propias y ajenas que se dan en este particular espacio. Si se siente identificado, no es casualidad: pese a que me reconozco mañoso, estoy seguro de que comparto mi condición con muchos. Adelante, comparta sus mañas y complete la lista.
Por cierto, una precisión: todas las mañas a continuación explicadas se refieren al baño de la casa, a ese espacio tan propio, tan personal y hogareño, y no a los baños públicos, que dan para cualquier cosa. Aclarado este punto, ahora sí.
La tapa del WC arriba. Obsesión preferentemente femenina, es pelea común en casi cualquier pareja heterosexual. Tema recurrente en asados, comidas y juntas varias, nunca he logrado que una mujer me explique por qué la posición “normal” u “obvia” de la tapa es abajo y no arriba. Si alguien conoce la razón, que me lo explique, por favor.
Las puertas abiertas de los botiquines. Esta es personal. Me molestan profundamente. En mi actual baño, con botiquín de puertas correderas, por antiestético. Eso de exponer los personales afeites e implementos de aseo –sea cual sea la zona a asear –me parece de una impudicia insoportable.
En el caso de mi anterior baño, se sumaba al aspecto estético el de seguridad personal: la puerta se abría hacia fuera, justo sobre el WC. Más de una vez mi más legítima esposa dejó la puerta abierta y al levantarme al necesario acto de micción matutina –medio dormido, por cierto –el cabezazo contra el canto de la puerta me hizo maldecir a viva voz. La solución fue el canje: cada vez que me encontraba la puerta abierta, dejaba la tapa del WC arriba. Pavlov tenía razón.
El jabón con pelos. Simplemente repugnante, incluso cuando son pelos propios. Si son ajenos, tanto peor. En este punto, cabe destacar que no todos los pelos son igualmente repulsivos. El grosor, nivel de rizado y, se adivina, lugar de origen, determinan un claro escalafón de asquerosidad, tema en el que no profundizaré.
Los pelos por todas partes. En el suelo, el lavatorio, la ducha o tina –tina de hidromasajes, para los más pudientes –o donde sea, los pelos olvidados son algo en extremo desagradable.
Las toallas en el suelo. Los ganchos, perchas, barras y demás implementos para colgar se inventaron por algo. El suelo es lugar para los –de ahí el nombre –pisos de baño. No para las toallas. Esos montones arrugados, con más de una toalla, me parecen francamente desagradables.
El tubo de pasta de dientes. Esta es una de mis peores mañas, lo sé. El tubo en cuestión debe estar inmaculadamente apretado, desde el fondo hacia la boca. Nunca –en serio nunca –por la mitad. Menos así a la rápida, dejándolo arrugado. El ideal eran esos aparatitos con una base y un tubito en el cual se insertaba el extremo inferior, y que al darlo vuelta se iba enroscando pulcramente.
Además, el tubo debe estar siempre tapado y su boca limpia. Esos tubos con restos de pasta seca en la boca me producen náuseas.
El lavatorio escupido. Simplemente atroz. Encontrarse con espuma de lavado de dientes ajeno esparcida por el lavatorio debe ser una de las sensaciones más desagradables al ingresar a un baño. La cosa empeora si el lavado se produjo hace mucho rato y la espuma está seca. Terrible.
El papel higiénico arrastrándose. Claro, con el tirón el rollo sigue dando vueltas y el papel se arrastra por todo el baño. ¿Es tan difícil sacar papel con cuidado o, en el peor de los casos, dar un par de vueltas en sentido inverso para devolverlo al estado que le corresponde?
Los olores. Sí, a veces es inevitable, en especial cuando se trata de baños sin ventanas. Incluso sin extractor de aire. Pero siempre, siempre existirá la opción de un desodorante ambiental que, aun con alguno de esos olores repugnantes como “Pachulí” o “Flores silvestres” o “Bosque lluvioso” o “Suavidad del algodón” será mejor que el olor a digestión completa.
Las salpicaduras, primera parte. Las tapas, bordes, suelo o cualquier superficie salpicada de orina me produce terribles sentimientos respecto de quien originó las salpicaduras. El tiempo también empeora las cosas en este caso, ya que las gotas –pozas, en el peor de los casos –con el pasar de las horas se convierten en una costra amarillenta capaz de perseguirme en mis peores pesadillas.
Las salpicaduras, segunda parte. El rayado de cancha, las pecas, la pelada de forros. Múltiples términos para una misma y desagradable situación: los restos de desechos orgánicos adheridos a los bordes interiores del WC.
Los flotadores. No me extenderé en explicaciones, ya que me parece que la denominación es demasiado explícita. Restos del naufragio, a la deriva en el mar del WC, encontrarse uno puede llegar a ser motivo de divorcio.
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Términos enfermantes
Siempre he gozado de buena salud, por suerte. Las pocas veces que he debido estar en una clínica ha sido por cosas menores, y casi siempre de manera ambulatoria. Por lo mismo, nunca tuve la oportunidad de fijarme en detalle en los términos utilizados al interior de estos establecimientos, aunque siempre me han llamado la atención.
Sin embargo, mi suerte cambió: recientemente tuve la gloriosa experiencia de pasarme cuatro días en una clínica. Y, mejor aún, como acompañante, lo que me dio tiempo de fijarme en todo lo que pasaba y se decía sin distracción por dolores, molestias ni nada parecido. Por lo demás, como estaba completamente sano, pude deambular por pasillos, ascensores, cafeterías y salas de espera, multiplicando enormemente posibilidad de oír conversaciones ajenas.
Esta sublime estadía tuvo además como motivo el nacimiento de mi hija, por lo que adicionalmente tuve acceso a términos vedados para otros pacientes. En fin, hija aparte –una maravilla, por cierto –fue una provechosa experiencia. Conocí términos capaces de dejar a cualquiera internado: de verdad enfermantes. A continuación, y sin más preámbulo, algunos de los vocablos que tuve la dicha de escuchar.
El procedimiento. El término fundamental al interior de una clínica. Todo, pero de verdad todo, es un procedimiento: poner el termómetro, tomar la presión, revisar al recién nacido, cambiar una bolsa de suero. Incluso algo tan natural como mudar a la guagua. Lo mejor es que es un término –eso creen los funcionarios –que mantiene incólume la dignidad del paciente que está siendo sometido al dichoso procedimiento, porque no se revela la naturaleza del mismo. De ahí que la sola mención de la palabra haga aparecer en la cara de quien la pronuncia un halo de misterio.
Bonus track: en el caso de la clínica en cuestión, los ascensores inteligentes anunciaban cada piso. Así, se abrían las puertas en el primer piso y una voz de mujer pseudo sexy decía suavemente: “primer piso, hall central”. Al detenerse en el tercer piso, la voz anunciaba: “tercer piso, procedimientos”. O sea, tienen un piso exclusivo para eso. Un lujo. Confieso que, aunque iba al quinto, alguna vez apreté –con disimulo, como si fuera accidentalmente –el botón del tercero. Sólo para oír la palabra pronunciada por esa voz.
La vamos a destapar. Temible anuncio de la enfermera, auxiliar de enfermería o cualquiera sea el cargo de quien entra rauda a la habitación. No se trata de que la pieza esté calurosa y vayan a destaparlo a uno para que no transpire tanto. Ni de que la paciente esté escondida bajo las sábanas. Es simplemente un eufemismo para entrar con una serie de artículos de aseo personal a limpiar las zonas pudendas. Atroz. Lo que me lleva al próximo término.
Le vengo a hacer un aseíto. Otro eufemismo espantoso. Está bien, no pretendo que la enfermera entre diciendo –perdonen ustedes –“vengo a lavarle el culo”, o “le vengo a jabonar el poto”. Pero creo que hay formas menos repugnantes. “La vengo a lavar”, por ejemplo. Por lo demás, el diminutivo es aún más irritante.
Las deposiciones. Perdí la cuenta de cuántas veces escuché esta palabra. Le preguntaban a la parturienta si había logrado hacer deposiciones. Miraban la ficha de la recién nacida y comentaban que había hecho sus deposiciones regularmente. Al mudarla constataban el estado de las deposiciones en el pañal. Enfermante, de verdad. Casi me deposiciono de puro molesto.
La mamita. No pueden evitarlo. Para el 98% de las matronas, enfermeras, auxiliares de enfermería, de aseo –del lugar, no de la paciente –,de las nutricionistas, del personal todo de la clínica, la reciente madre no tiene nombre. Es pura y simplemente “la mamita”. “¿Cómo amaneció la mamita?” es la primera cosa que uno oye en el día. De ahí en adelante, será constante. Inútil es indicarles que la mamita tiene un nombre, que por lo demás consta en la ficha, en la puerta de la pieza, en todas partes. Ante un comentario del tipo “no me diga mamita, me llamo X”, sólo recibirá una mirada entre sarcástica y compasiva, unos segundos de silencio y un “bueno mamita”. Peor es cuando a uno lo tratan de “papito”. Dan ganas ahí mismo de ponerse a cantar, como Lorna, “papi, papi, papi chulo…”. No hay salud.
Temperatura límite. Nos recomendaron mantener la temperatura ambiente entre 18º y 20º Celsius, de manera que la guagua no tuviera frío, pero tampoco se acalorara. Prudente recomendación, por cierto. El punto es que uno de los días entró a la pieza una enfermera que, sin más instrumentos de por medio que los termómetros con que Dios la dotó, determinó que la pieza estaba más cercana a 18º que a 20º. Por lo mismo, procedió a tapar mejor a la guagua, explicando amablemente que estábamos “a temperatura límite”. Por más que lo intenté, no pude volver a oír el término. Una joya.
¿Está molestita? Una expresión deleznable para preguntar a la paciente si se siente cómoda. Peor aún cuando la pregunta completa es “¿Está molestita la mamita?”. ¿No sería más fácil preguntar algo como “¿está bien?”, o “¿está cómoda?”. En fin, después de escucharla varias veces, debo confesar que me empecé a sentir algo molestito.
Acoplarse. Es el término utilizado para definir cuando el recién nacido agarra el pezón para tomar leche. ¿Qué es eso de acoplarse? Parece como de estación espacial, de Star Wars, pero ¿acoplarse al pezón? En fin, supongo que consideran a la madre como la nave madre, y a la guagua como la cápsula que la orbita. Un par de veces que la guagua no se acopló correctamente tuve la esperanza de que por citófono la enfermera informara “Houston, tenemos un problema”. Pero nada.
Eyección láctea. Dejé para el final esta verdadera obra de arte de la expresión oral castellana. Constatando si la leche salía apropiadamente, una de las enfermeras –o matronas, la verdad la risa del minuto no me permitió fijarme –comentó que la eyección láctea estaba bien. ¡Eyección láctea! O sea que no se trata de si la leche sale del pezón, sino de si la sustancia láctea es eyectada apropiadamente del envase en cuestión, circunstancia que se puede constatar mediante la presión y estiramiento de la válvula dispuesta para estos efectos en el centro del ya mencionado envase. Un tecnicismo de valor incalculable.
Sin duda quedan infinidad de términos fuera de este recuento. Como siempre, la invitación está abierta: aporte con el suyo.
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Una actualización momentánea
Presento públicas disculpas por la falta de actualización, pero las incipientes labores de padre me han impedido seguir con las disquisiciones habituales. Además, la baba de padre primerizo arruinó mi teclado.
En todo caso, vaya junto con mi disculpa, una breve actualización del post “Debajo de las piedras” (del 8 de junio, y que trata sobre la presencia chilena en el mundo) mientras posteo algo decente.
Canadá: el Mundial Sub 20 de fútbol no hizo sino demostrar la importante presencia chilena en Canadá. La “Tía Rojita”, que lloraba al oír el himno patrio en el estadio, y a la que se buscó intensamente por varios días antes de dar con ella, es sólo una de las caras más reconocibles de esa verdadera horda de connacionales que apoyaron a la selección. Mención aparte para Condorito, fiel seguidor de la “Rojaza”, como chauvinistamente la bautizó Carcuro, y que se fue detenido por su arranque patriotero, más digno de la serie “Héroes” que de un Mundial de fútbol. ¿Que no vio la detención? Aquí está.
Islas Canarias: lamentable, pero no podía ser de otra forma. ¿De qué nacionalidad iba a ser la joven desaparecida –luego encontrada muerta –sino chilena? Este caso ha sido más relevante, porque captó la atención de los medios españoles –no sólo los chilenos –y principalmente porque se trata de un caso que nos atañe sólo a nosotros. Nada de “el chileno entre las víctimas”. No señores, aquí hay exclusividad. LA víctima es chilena.
La exclusiva: por último, un descubrimiento personal, que me hincha de orgullo. El Pavo Real, ese corrido venezolano que hiciera conocido fuera de Venezuela el grupo “Los Churumbeles de España” con el título de El Moreno, y que se convirtiera derechamente en hit con la versión de José Luis Rodríguez, El Puma, es un himno en mi vida. Siempre lo ha sido. No sé qué tiene la canción, pero no lo puedo evitar. Me subyuga, como diría alguien por ahí.
El corrido en cuestión fue compuesto por el venezolano César del Avila, “El Manguero”, quien además lo interpretaba habitualmente en su país. Según sus propias palabras, el sentido de la canción, lo de “yo les voy a aconsejar, que combinen los colores que en la raza es natural”, eso de “que un negro con una negra es como noche sin luna, y un blanco con una blanca es como leche y espuma”, se debe a su personal historia. Su madre era hija de una india con un español de las Islas Canarias, y él es más bien mestizo. El punto es que –atención chilenos todos –él vino a Chile y se casó con una chilena, blanca. Todo esto motivó la canción. O sea, Chile tiene directa injerencia en la génesis de esta obra maestra de la música universal. Las lágrimas corren en este momento por mi rostro, tengo la cara desencajada por la emoción. El Pavo Real es, en parte, chileno. Si no lo puede creer –a mí todavía me cuesta hacerlo –véalo con sus propios ojos, de boca de su autor.
Eso a modo de paliativo, ya viene un post hecho y derecho. Aunque como paliativo, el descubrimiento no está nada mal, ¿no? Se me olvidaba: hay una nueva lección en el Manual del Insoportable.
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Llame ahora, ¡llame ya!
¿Se han fijado en la cantidad de canales que transmiten infomerciales? Ya no sólo a altas horas de la madrugada. Ya no sólo en el cable. Incluso algunos de los pocos canales de televisión abierta de los que disponemos –y varios más del cable –, se ven invadidos a cualquier hora por la promoción de artículos que nadie necesita. Porque si hay algo común a todos los productos publicitados en los infomerciales, es su inutilidad.
Personalmente, este tipo de programas me genera una especie de hipnosis. En mis habituales sesiones de zapping y surfing por el dial televisivo, suelo quedarme pegado en los infomerciales. Aunque ya los haya visto antes. Aunque amenacen con los más terribles cortes, caídas y todo tipo de accidentes que, por supuesto, evita el producto promocionado.
Es algo enfermizo, lo sé. Pero no puedo evitarlo. Hay quienes no soportan estos programas, y cambian de canal –y de genio, muchas veces –al toparse con uno. Bueno, blanco y negro, cara y sello, ying y yang: yo soy el imbécil que ayuda a equilibrar el universo.
A continuación algunos de los maravillosos –e inútiles, ya está dicho –productos que se pueden admirar, incluso contemplar, a través de la televisión. Son mis favoritos, simplemente. Es imposible exponer aquí la variedad casi infinita de inutilidades disponibles. Si usted tiene su propio favorito, no dude en compartirlo. Llame ahora, ¡llame ya!
Table Mate: es la mesa plegable, fácil de transportar, resistente y deslizable, se ajusta para cualquier actividad que desee mientras está viendo la televisión o está en el sofá. Liviana y fuerte, está hecha con materiales resistentes que soportan hasta 25 kilos. O sea, una mesa para tomar desayuno, comer, escribir o lo que sea mientras se está sentado en un sofá. La gracia de esta mesa es que tiene 3 alturas regulables, y 3 niveles de inclinación. Cualquier matemático medianamente serio sabrá, entonces, que están en lo correcto cuando dicen que son 9 mesas en 1, y por lo tanto, al pagar los $24.990 que cuesta la gracia se está ahorrando las otras 8 mesas. Y eso sin contar el organizador de controles remotos que incluye de regalo, una simple funda con compartimentos para el brazo del sofá.
Stick up bulb: uno de mis favoritos. Una ampolleta sin cables, que no requiere de instalación eléctrica, que se instala “en 5 segundos”. Funciona con baterías. O sea, en simple, una linterna con forma de ampolleta. Original, ¿no? Para nostálgicos que encuentran que las modernas luces LED y las eficientes halógenas no son como las viejas ampolletas. Por módicos $14.990, de vuelta al pasado, pero sin cables.
Swivel sweeper: es la nueva “escoba inalámbrica” (¿ha visto usted alguna vez una escoba alámbrica?) que permite limpiar la suciedad de pisos y alfombras más fácil y rápidamente. El secreto es su tecnología de 4 cepillos rotatorios y su movimiento de 360 grados, que permite maniobrar fácilmente alrededor de los objetos. Si a eso suma el asa telescópica, y que funciona a baterías –es una especie de quiltro entre escoba y aspiradora –se explica fácilmente su valor de $39.990. Si le parece poco, déjeme contarle que también limpia en una acción cuádruple: hacia delante, atrás, izquierda y derecha. ¿Ahora sí se convenció?
Ultimate Ladder: otro favorito. Una escalera que es 8 en 1, por la cantidad de formas que puede adoptar. Sirve la misma lógica de la mesa: se ahorra las otras 7. Este increíble producto está fabricado en aluminio de alta resistencia, “de igual calidad que los aviones”. De hecho, comentan que Osama compró varias Ultimate Ladder para tirarlas contra algunos edificios públicos. Soporta hasta 150 kilos, ayuda a evitar y prevenir accidentes –dicen quienes la venden, no le he preguntado a Segurito –y un interminable etcétera de ventajas. Lo mejor de todo, el precio: $139.990. Sólo piense cuánto le saldría la hospitalización después de caerse de una de esas inseguras escaleras.
Reduce fat fast: producto que, según cuentan sus promotores, reduce el apetito e incrementa el uso de la energía en el cuerpo. Como si fuera poco, quema grasas. Yo creo que ni para desengrasar la cocina debe servir. ¿Eso es todo? Nooo, claro. Inhibe ciertas enzimas digestivas, reduciendo la absorción de glucósidos y lípidos. Y sigue. Ayuda en la “remoción de desechos del organismo” –qué notable eufemismo –tiene propiedades diuréticas, reduce los niveles de azúcar… para qué seguir. En resumen, prácticamente el elíxir de la eterna juventud. Sacar a $29.990.
Nicer Dicer: de lejos mi producto preferido. Se trata de un aparato cortador de alimentos que sustituye a los procesadores de alimentos “más caros y complejos”. Tiene, según la descripción, “cuchillas ultrafilosas y contenedores de policarbonato que no se rompen ni se rallan”. O sea, prácticamente de otro planeta. Según Sammy Madison, de –dónde si no –Estados Unidos, “definitivamente rebana todas las frutas y vegetales. Con Nicer Dicer puedo prepararme ensaladas muy fácilmente (…), también es ideal para los diabéticos”. Asumiendo mi ignorancia, la parte de los diabéticos no la entiendo. ¿Ensalada con salsa de insulina? Como si fuera poco, por los módicos $29.990 que cuesta el Nicer Dicer, y llamando ahora mismo, claro, te regalan el Perfect Peeler, que no es sino un común y silvestre pelador de verduras, que se compra en cualquier parte por menos de $2.000. Una maravilla de promoción.
Dejo fuera, intencionalmente, todos los AB Algo, esos infames aparatos para ejercitar los abdominales: AB Slide, AB King Pro, AB Shaper Ultra, AB Lounge, AB Rocker, AB Doer, AB Flex, AB Swing y tantos otros. Los musculosos –y peor, las musculosas –que aparecen promocionando estos aparatos me desagradan profundamente. Me repugnan, me hacen sentir náuseas. Me hacen quedarme horas pegado viendo cómo, pocos minutos de ejercicio al día, logran dejar a Ñoño como Terminator. Despierte, a la cuenta de 3.
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En vuelo hacia algún lugar
He decidido, luego de un post que me trajo más de alguna represalia y/o reprimenda, retomar algunos temas que quedaron con algunos puntos pendientes en el pasado.
Se recordarán los (pocos) lectores antiguos de este espacio el post sobre los viajes a la chilena, y el sobre los mismos chilenos volviendo a casa. Para los lectores más recientes, pueden ver el primero de estos post (el de los viajes) aquí, y el segundo (el del dulce retorno a la añorada patria) acá. O simplemente sumérjanse en el archivo del blog, que allí los encontrarán junto a otros tantos temas de diversa índole.
En fin. Luego de esta sutil autopromoción, vuelvo a lo anunciado. Entre las costumbres del chileno en sus viajes y la vuelta a casa, casi desapercibidos pasaron los vuelos. Esas interminables horas en un avión, que pueden ser ocasión de las más insólitas actuaciones del compatriota.
Entonces, aquí vamos, completando al fin la trilogía (algo que siempre, desde que vi Star Wars, quise hacer). A continuación una lista de lo que los chilenos –y de otras nacionalidades también– deben hacer sobre un avión.
Sacarse los zapatos. No bien se suben al avión, los viajeros deben despojarse de su calzado. Zapatillas, zapatos, sandalias sobre calcetines, todo fuera. Es la única forma de soportar de manera digna –por llamarlo de algún modo, claro– la hinchazón de los pies. El olor que se genera al interior del aparato es tema aparte. No pocas veces las mascarillas de emergencia han estado a punto de caer en el instante del descalzado.
Comerse y tomarse todo. Ni el más insignificante maní, ni el concho de la bebida tibia y sin gas, ni el pan añejo se salvan de la voracidad del viajero. Ya sea para calmar las ansias que produce el vuelo, ya para “aprovechar” que todo eso está incluido en el pasaje ya pagado, el chileno no perdona en lo que a comida y bebida se refiere. La azafata no alcanza a servir el vaso con Coca Cola cuando ya están pidiendo repetición. Son capaces de morder el dedo de la aeromoza en su desesperación por seguir comiendo. Y si el desconocido vecino de asiento deja algo en su bandeja, prestamente le será pedido con un “no se va a comer eso, ¿cierto?”.
Usar el baño. El viaje no es viaje hasta que se usa –ojalá con total propiedad– el baño del avión. Esto no es de extrañar cuando se trata de viajes largos, de varias horas, pero se ha visto a viajeros utilizar más de una vez los lavabos en un vuelo de menos de dos horas. Y no era una embarazada.
Piropear a la azafata. Para el caso de los viajeros hombres. No hay posibilidad de no piropear a la azafata, aunque sea al bajarse del vuelo. No importa que la aeromoza no cumpla con los estándares mínimos que la harían acreedora a un verso en tierra. En el aire, y vistiendo un uniforme, todas ellas se merecen las frases. Una variante no despreciable es molestar a los sobrecargos llamándolos azafatos y haciendo bromas acerca de sus preferencias sexuales.
Documentar el viaje. Filmar y sacar fotos son dos actividades indispensables sobre un avión. La idea es dejar constancia de que se voló. Aunque las fotos sean de las nubes que se ven por la ventana. Un clásico en este ámbito se ha perdido con la tecnología: los modernos aeropuertos ya no otorgan esa perspectiva que permitía al viajero retratarse en la losa con el avión detrás, o mejor aún, en la escalera, ascendiendo hacia la aeronave. Momento sublime, arrebatado por las modernas mangas por las que hoy se accede a los aviones.
Leer todo. Desde el catálogo del Duty Free a la tarjeta de instrucciones del avión, pasando por la lista de canales de radio disponibles, el menú o lo que tenga a mano, el pasajero debe leer todo lo que tiene a mano. Una obsesión simplemente incomprensible.
Ver la cabina. Otro clásico que ha caído en desuso, este debido a las cada vez mayores dimensiones de los aeroplanos. Aunque aún se puede ver de vez en cuando a algún pasajero que –discretamente a veces, otras con gran alboroto– se acerca a algún miembro de la tripulación para pedirle permiso para visitar la cabina. La mayoría de las veces no se permite –más todavía luego de los chistositos de las Torres– pero la esperanza es lo último que se pierde.
Complicarse para llenar los formularios. Dos, tres y hasta cuatro copias ha debido pedir un viajero para lograr llenar, no digamos de manera perfecta, pero al menos decente, los formularios de Inmigración, Aduanas, SAG o cualquier otro organismo que pida algún papel. La posibilidad de estar llenando erradamente los papeles les destroza los nervios. Y se equivocan, claro. Y le preguntan al pasajero que va a su lado, como si éste supiera dónde se dirige o por qué motivos viaja quien pregunta. Por lo demás, generalmente el vecino está tan nervioso como el que pregunta.
Aplaudir. Al aterrizar, indefectiblemente se debe aplaudir. No me explayaré al respecto, ya que traté el tema en uno de los post citados precedentemente. Así es que lean, con un flojo basta y sobra en este lugar.
Robarse cosas. Muchas veces puede justificar el viaje. La necesidad de llevarse un souvenir –o varios– supera a muchos de estos viajeros. Los cubiertos –en la era pre plástico–, audífonos –aunque con dos terminales son inútiles fuera del avión–, frazadas, revistas, bolsas de mareo. Todo vale. Lo importante es saquear el aparato. Sé de personajes que incluso se llevaron el chaleco salvavidas que estaba bajo el asiento.
Al final lo que de verdad importa es que, gracias a todas estas prácticas, el viaje será inolvidable. Para el viajero, sin duda, pero de seguro también para el resto de los pasajeros, para la tripulación e incluso para la aerolínea. Gracias por volar con nosotros.
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Conversaciones embarazosas
Aunque el título puede llamar a engaño, no se trata de conversaciones que den vergüenza.
Hombres y mujeres son diferentes, qué duda cabe. Pese a la cacareada igualdad, a las constantes luchas por hacer equivalentes ciertos aspectos de ambos géneros, hay diferencias que no se pueden obviar. Pero más allá del cliché de Venus y Marte, hay un tercer género –Plutón, o algo por el estilo–, del que no se habla tanto. Y no me refiero a minorías sexuales, travestidos, homosexuales ni hermafroditas. No señor. Me refiero a las embarazadas, que mientras mantienen esa condición, de verdad son un género aparte.
Esto me traerá consecuencias, lo sé. Represalias. Amenazas, tan de moda últimamente. Mal que mal, una de las características de este género de las embarazadas es su alto poder de represalia, haciendo uso de su fuero. Pero en fin. Soy un apóstol de lo que no aporta, un enviado de la Ignorancia –así con mayúscula–, embajador de lo irrelevante en este mundo. Y como tal, debo cumplir con mi tarea. Cueste lo que cueste. Así que aquí vamos.
Las embarazadas conversan de cosas que sólo para ellas tienen interés. Incluso temas que sólo ellas entienden. Por eso tienden a juntarse entre ellas. Desarrollan un sentido que les permite reconocerse incluso aunque no estén mirando. Olor, vibraciones, qué sé yo. Pero donde haya una embarazada –así la concepción se haya producido durante la siesta de la que se acaba de levantar– será reconocida por sus pares. Y se iniciará la conversación. Ni hablar de las amigas embarazadas que se juntan a almorzar, o que salen a comprar. Eso es cosa seria. Para quienes sin formar parte de este género –mujeres no embarazadas y hombres– se encuentren de improvisto en presencia de más de una embarazada simultáneamente, ya pueden irse preparando. Los temas que escuchará son los siguientes:
Los kilos. Una fijación de las mujeres, cierto. Pero la obsesión de las embarazadas es sorprendente. La comparación de los gramos que ha subido cada una abre los fuegos en cualquier conversación. Que si es normal subir tanto, que tan poco, que está bien así, que si vieras lo que cuesta después bajarlos. Espantoso.
Otros efectos sobre el físico. Cualquiera que esté presente en una conversación de embarazadas quedará bastante informado sobre algunos, o todos, de los siguientes tópicos: retención de líquidos y consecuente hinchazón de las extremidades; várices; estrías; aumento en la frecuencia con la que van al baño; estreñimiento; acidez; dolores de espalda; calambres. Para qué seguir. La lista es prácticamente interminable.
Remedios y otros. Cualquiera que presencie una conversación de embarazadas debería, posteriormente, ser capaz de recordar palabras como vitaminas, hierro, magnesio, calcio, ácido fólico y una infinidad de otros compuestos que, para una embarazada, son tan comunes como hablar de chocolates, manzanas o porotos. Lo hacen parecer tan cotidiano, como si fuera cosa de ir a la verdulería de la esquina y pedir un kilo de magnesio y un paquete de ácido fólico. Con esos nombres, estos compuestos no pueden sino producirme una profunda desconfianza.
Los ginecólogos. Una raza superior, sin duda. Tratar sólo con mujeres, y en algunos casos mayoritariamente con embarazadas, los hace dignos de admiración. Recuerdo el chiste aquél que dice que “el ginecólogo trabaja donde los demás hombres se divierten”. El punto es que este personaje ocupa gran parte de las conversaciones de las embarazadas. Que mi doctor me dijo, que es tan agradable, el mío no, imposible de ubicar, no sé qué voy a hacer si nunca lo encuentro… Pasan horas en este tema. Cuando se aburren, pasan a la matrona. Y vuelta a empezar, aunque a esta profesión por lo general le asignan menos tiempo.
La ropa. Otra obsesión habitual de las mujeres, en el caso de las embarazadas se produce una interesante mutación: primero a la ropa maternal y luego a la ropa de la guagua. Datos de tiendas, modelos, colores, intercambio de prendas, recomendaciones de lavado. Los subtemas posibles son numerosos.
La comida. Hay algo en la comida que vuelve locas a las embarazadas. Debe ser algún mandato de la naturaleza, porque de otra manera no me lo explico. Son simplemente insaciables. No distinguen salado de dulces, ensaladas de sándwiches, todo lo que sea comida les sirve. En ingentes cantidades, por cierto. A ratos uno se siente en peligro, no vaya a ser que en un descuido le llegue un mordisco. Una precaución: no mencione el tema como yo –mártir, idiota o un poco de cada cosa– lo estoy haciendo, ni las mire demasiado cuando comen. Es el equivalente a tirarle las orejas y la cola a un Rottweiler mientras se alimenta. Sobre todo, evite comentarios del tipo “cómo te quejas después de los kilos, si comes así”. Son altamente riesgosos.
Implementación. Uno de mis preferidos. A estas alturas, existen aparatos –y modelos de los mismos– para todo: coches, sillas de auto, cunas, corrales, mudadores, moisés, columpios. La gama de productos es enorme y, obviamente, se necesitan todos. Ni hablar de la implementación propia de la embarazada: fajas, cojines especiales y, favorito entre favoritos, el sacaleche, idealmente eléctrico. Eso de enchufarse un aparato que succione lo encuentro sencillamente de otro planeta. Aunque –hay que reconocerlo– al menos tiene un fin más noble que otros aparatos igualmente eléctricos, mecánicos o inflables que existen en el mercado.
Hace poco tiempo nos juntamos 5 parejas de amigos a comer. Cuatro de las mujeres presentes estaban embarazadas. Imagínense la situación, era como comer en un pabellón de maternidad. Poco después, fui invitado –con cierto grado de coerción, por qué no decirlo– a un apasionante panorama llamado Expobebé. Creo que pocas veces he estado tan desagradado. Encontrar estacionamiento fue, ya que estamos en el tema, un parto. Logramos entrar para encontrarnos con tacos de coches en los pasillos. De verdad. Las guatas chocando unas con otras, un calor infernal, música infantil de fondo. Y todo a la hora de la siesta. Una verdadera tortura.
Por suerte me falta poco para salir del tema. Días. Cuenta regresiva. Pero mientras lo pienso, me doy cuenta de que sólo saldré de un tema para entrar en otro. Ya vendrán conversaciones sobre pediatras, vacunas, mamaderas, sopas y pañales. Pero eso… eso ya es otro tema.
ACLARACIÓN:
Para evitar problemas con parte importante del poco (pero bueno) público de este sitio -y con mi señora esposa- me permito aclarar que mi último post se refiere puntualmente a las conversaciones de embarazadas, lo que no quiere decir que no valore el esfuerzo enorme que hacen las féminas del planteta por mantener la especie. Que la especie deba ser mantenida, en todo caso, me parece digno de discusión.De todas maneras, a ellas -y a ELLA- mi más profundo agradecimiento y admiración.
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