Otro paso en la rebelión de los gatos

31.5.07 9 Comments

Ha aparecido en China un gato al que le crecieron alas. A no confundirse: no se trata del clásico minino aludido en la canción “El gato volador”, del grupo Cuentos de la Cripta, sino de un simple gato chino al que le crecieron alas. Que no le sirven para volar, en todo caso.

Según la dueña, la aparición de las alas se debería a que tuvo sexo con muchas gatas diferentes en pocos días. Los científicos descartan esa tesis, y dicen que se trata de una mutación genética. Otros dicen que si el motivo esgrimido por la anciana fuera cierto, varios futbolistas y animadores de por estos lados andarían volando, al igual que modelos y chicas de programas de TV. Un desvío: a mí las alas me recuerdan irremediablemente a Michael, esa no-tan-buena película en que John Travolta es Michael, el arcángel, con ponchera, fumando y tomando cerveza. La escena en que baja las escaleras apenas despertado, en calzoncillos y acomodándose cosas que yo creía que los ángeles no tenían, es lo que salva a la película. Vuelvo del desvío.

Cuentan los rumores que el gato en cuestión formaría parte de la esperada rebelión mundial felina, en la que, cómo no, hay presencia chilena. Sí, porque en esta organización de alcance planetario cumplen roles relevantes tres compatriotas, a saber:

La Gata Luz, que luego de ser encontrada jugando con el murciélago, además de desaparecer por un buen tiempo se ha convertido en el Batman de los gatos. Dicen fuentes allegadas que cuenta con poderes sobrenaturales que le han permitido, por ejemplo, evadir a los funcionarios de oscuras reparticiones que intentaban asesinarla.
Cuchi-cuchi, gata oriunda de Lenca, Décima Región, quien es madre, profeta y médium que se comunica con el verdadero cerebro de esta rebelión mundial, poder en las sombras y Gran Hermano de los gatos implicados, el célebre –y también chileno– Gato Mono.

Cuentan fuentes cercanas que en el seno de esta organización se vetó el ingreso –pese a sus reiteradas postulaciones­– del Gato con botas, por su oscura relación con un personaje de nacionalidad incierta. El famoso cucho no pierde las esperanzas y sigue insistiendo, pues cree que es verdad el “nosotros te llamamos” que tuvo por respuesta la última vez que se apersonó en la sede central de los gatos.


La desaparición, durante este mes, de un cachorro de león del circo Panamericano en su paso por La Serena, estaría inserta también en esta avanzada felina hacia el poder, pues el león sería un enviado de Gato Mono.


Por mi parte, simplemente manifiesto mi profunda preocupación. Las señales son evidentes: los gatos se acercan cada día más al control planetario. Y yo detesto a los gatos. Aunque entre Bush y compañía y Gato Mono con sus secuaces…

Uniformismos

25.5.07 25 Comments

Dejando de lado –por un rato– el tema culinario, retomo mi temática lingüística.
Los uniformismos son esos términos y expresiones utilizados por la mayoría de los uniformados de nuestro país, no importa el rango o el color del uniforme, ni si sirve en una institución del Estado o en una empresa privada.

El uniformado tiene un idioma propio. Pero no sólo eso. También tiene un tono de voz propio. Ese tono oficial para referirse incluso a cosas del diario vivir. Lo puedo ver, sentado a la mesa, pidiendo a su señora en tono solemne que proceda a facilitarle la sal, de lo contrario tendrá que hacer uso de las atribuciones que la ley señala para estos casos.

Muchas veces los comunes y silvestres civiles no comprendemos a cabalidad los términos, el idioma, las motivaciones, la vida misma de los uniformados. En un supremo esfuerzo por ayudar en la comprensión de estos dos mundos, aquí va una enumeración de los vocablos que usted debe, como mínimo, conocer.

Una salvedad: los miembros de la policía de investigaciones o “civil” califican, para estos efectos, como uniformados.

Proceder a. El uniformado no hace las cosas, sino que procede a hacerlas. Aunque por lo general esto suena divertido, pintoresco y varios otros adjetivos, hay situaciones en las que simplemente aparece como increíble. Como cuando el carabinero sobreviviente de la tragedia del río Teno contaba que, junto a su fallecido camarada, “procedieron a ingresar al agua”. Las imágenes captadas por la televisión eran elocuentes: lo que en realidad pasó fue que el río procedió a llevárselos, con las conocidas consecuencias. Este verbo, predilecto de los uniformados de todos los rangos de nuestra nación, ha masificado el uso de otro gran término, que continúa con esta lista.

El procedimiento. Sirve para denominar cualquier cosa. Desde un operativo que desbarata una red de tráfico de drogas –será descrito como un procedimiento antidrogas– hasta el arreglo del techo del retén, en lo que será denominado un procedimiento de mantención. Este vocablo, adoptado por otros gremios como el periodismo, surge de la ya descrita obsesión del personal uniformado por proceder a cualquier cosa.

El efectivo. Sirve para denominar a cualquier uniformado. Hay, eso sí, variaciones dentro de esta clasificación: están, por ejemplo, el efectivo policial, el efectivo militar y el efectivo bomberil. No pocos habrán notado la paradoja de esta denominación, considerando que la mayoría de las veces estos personajes son lo menos efectivo que puede existir.

El antisocial. No es el que no gusta de la compañía o los eventos. No se trata de la Némesis de Juanito Yarur, Julita Astaburuaga o Mary Rose Mac Gill. Es simplemente el término escogido por los uniformados para referirse al delincuente, malhechor o truhán que asola nuestras ciudades cometiendo sus fechorías.

El recinto. Este gusta mucho también. Sirve para referirse a cualquier casa, edificio o construcción de las más diversas características y fines. Así como con los efectivos, también hay varias subcategorías: el recinto penitenciario –imposible llamarlo cárcel, claro–, el recinto asistencial –léase hospital, posta o consultorio–, el recinto educacional para hablar de un colegio, universidad o instituto. Y así se podría seguir hasta el infinito.

La institución. Término utilizado para referirse a la rama o empresa en la cual el efectivo desempeña funciones. Así, el carabinero al hablar de la institución se refiere a Carabineros de Chile, el militar al Ejército y el guardia de seguridad a la empresa para la cual trabaja. Lo curioso es que hablan de la institución como si fuera una persona: muchas veces la institución piensa algo, y otras tantas siente. Por eso lo de “el sentir de la institución”. Los demás efectivos de la institución son siempre los "compañeros de armas". Espantoso.

Hablar en clave. Algo que simplemente los desquicia. No hay nada que pueda gustar más a los efectivos de cualquier institución que hablar en clave, ojalá por medio de radios. Así, no es raro que informen –además de la realización de tal o cual procedimiento– la ocurrencia de, digamos, un “doceveinticuatro”, o un “PPI (se pronuncia pepeí) en progreso”. Además, los mismos uniformados adoptan nombres como “base uno” o cualquier sigla de origen incomprensible. Esta es una obsesión que cruza todos los estratos uniformísticos. Sin ir más lejos ayer, en un reconocido mall santiaguino, procedí a dirigirme a mi automóvil con mi muy embarazada cónyuge, para lo cual debía cruzar el mall a una hora en la que se encuentra cerrado al público. El guardia nos informó que debíamos dar la vuelta por fuera, pero ante la evidente preñez de mi señora optó por dejarnos pasar, previo aviso –vía radio– a un guardia que en ese momento se encontraba a unos 15 metros. Nada de “oye Lucho, va una señora con guata”. No señor. La cosa fue más o menos así:
-Mall uno a mall tres. (bis)
-Aquí mall tres, cambio.
-Va una pareja al estacionamiento, pasaron porque la señora va embarazada, cambio.
-Copiado mall uno, los veo, cambio.
-OK mall tres, por favor acompáñelos, cambio.
-Entendido mall uno, fuera.

Lo ridículo es que nosotros íbamos caminando, y en medio de los dos guardias los veíamos y escuchábamos a ambos. Y en directo, no por la radio.

Tomar contacto visual. La forma rebuscada para decir que vio algo. Así, no es raro escuchar cómo el efectivo de una determinada institución, en su relato, cuenta haber tomado contacto visual con la persona encontrada, con el auto desbarrancado o con cualquier cosa que se encuentre luego de haber estado perdida.

El recurso loco. Utilizado frecuentemente para referirse al preciado molusco, en especial para comunicar decomisos en tiempos de veda. Nunca he llegado a comprender por qué no se habla simplemente de los locos, o cuando se quiere evitar la repetición, intercalando loco y recurso. Pero “recurso loco” es francamente impresentable. Aunque más impresentable es extenderlo a otros recursos. Hace pocos días escuché en la radio a un efectivo de carabineros de una ciudad de la Región de los Lagos refiriéndose al decomiso de un cargamento de “recurso chorito” que estaba contaminado con marea roja. Si el recurso loco ya es mucho, el recurso chorito simplemente es de otro planeta.

Para el final dejé uno que me impactó ayer, cuando lo escuché por la radio. El efectivo narraba el robo que sufrió una exclusiva boutique en la calle Alonso de Córdova. Explicó cómo llegaron los efectivos, en un rápido procedimiento, ante el aviso de la situación. Llegado a ese punto, y recurriendo a una inflexión en su ritmo narrativo, procedió a contar cómo “los antisociales arrancaron de infantería, o sea, corriendo”. Textual. No solamente aplicó un término puramente militar a los asaltantes, sino que además se dio el lujo de explicarlo a los auditores. He de reconocer que me alegró el día. Nadie puede llegar a ese nivel.

De mantel largo

13.5.07 17 Comments

Heme aquí otra vez. Y, aunque parezca majadero, seguiré con el tema culinario. Quiero ahora, eso sí, mostrar lo que –con una cursilería sin límite, y ya con demasiada frecuencia– se ha dado en llamar “la otra cara de la moneda”. Detesto esa frase. No más fuentes de soda, ni algunas de sus más recurrentes tradiciones decorativas y de infraestructura. Ahora es el turno de los restaurantes finos. Ésos llamados “de mantel largo”, como si la extensión de un pedazo de género significara algo.

La decoración de estos locales es por lo general algo pretenciosa, aunque nunca tanto como para molestar. Manteles largos, obviamente, blancos –como mucho blanco invierno, en un arranque de originalidad– infinidad de cubiertos con más o menos recovecos, aunque siempre de considerable peso, copas de cristal, loza blanca impoluta. Aquí, a diferencia de las fuentes de soda, es casi imposible ver un plato o un vaso picados. Y –detalle importante– los vasos los secan.

Si pide hielo, el mozo –vestido impecablemente, y con unos modales que muchos de los clientes deberían imitar– traerá una cubeta de acero inoxidable, en un pedestal especialmente diseñado al efecto, con finas pinzas para que no se le vayan a enfriar los dedos.

La música ambiente es suave, idealmente new age o jazz, nada de cosas estridentes. La conversación de los comensales es en voz muy baja, salvo casos aislados de clientes poco asiduos a este tipo de locales, los que bien podrían calificarse de “chancho en misa”. El equivalente –a la inversa, eso sí– de una elegante señora –collar de perlas incluido– comiéndose un completo en una schopería. Curioso, por decir lo menos.

El baño merece un capítulo aparte. Suave música, un fino olor que impregna todo alrededor, toallas tibias para secarse las manos. Nada de esos poco glamorosos secadores eléctricos que tiran aire con gran eficiencia, pero haciendo un ruido que puede perturbar el obrar de los finos clientes.

Pero donde los restaurantes finos de verdad destacan, más allá de la variable calidad culinaria, es en la originalidad de sus cartas. En eso sí que marcan la diferencia. Las cartas de estos restaurantes son, sin duda, la mejor prueba de que Chile es un país de poetas. Qué Neruda, qué Mistral, qué Parra. Los que escriben estas fantasías deberían llevarse el Nobel. Verdaderas joyas literarias. Y es que en este tipo de restaurantes las joyas abundan. Además de las literarias, están las culinarias y, sobre todo, las joyas-joyas. Aquí, las que se pueden leer en el menú. Todas absoluta y totalmente verídicas, por cierto. Bon appétit.

Isla de Wagyu servido al estilo japónico. Básicamente, una carne carísima con una salsa pseudo oriental. Lo de isla porque la carne está rodeada de dicha salsa, claro. Una cursilería impresionante.

Steaks de faisán del mar con gajos de papa al horno, hierbas aromáticas y perfume griego. Como para impresionar a cualquiera, ¿no? Sobre todo lo del perfume griego.

Filete de congrio dorado, servido con hongos del bosque europeo, salsa de tupinambo y caviar. Me gusta lo de los hongos del bosque europeo. Lo encuentro –cómo decirlo– de una exclusividad sin igual. Como –perdonen la comparación– limpiarse con papel higiénico de pueblo a las orillas del mar Caspio.

Gnocchi de berenjena con alcachofas, tomillo, langostino en delicada salsa de crustáceo. Siempre me ha llamado la atención que se hable de crustáceo. ¿Será salsa de jaiba, de centolla? A lo mejor es de lo que haya, y por eso lo genérico del término. En fin, encuentro que hablar de crustáceo es una de las máximas siutiquerías que puedan existir.

Ensalada de achicoria amarilla con trilogía de cítricos, con ola de crustáceo ecuatoriano al jengibre. Además del crustáceo, aquí es una “ola de crustáceo”. ¿Qué demonios será eso? Y como si fuera poco, con trilogía de cítricos. Es que ahora todo es trilogía. Para mí, LA trilogía es Star Wars. Si me apuran, El Señor de los Anillos también califica. ¿Pero una salsa, o un plato? Por favor.

Lomo de cordero a las tres pimientas, ensalada del campo refrescada en una tormenta de menta. Poesía pura, sobre todo por la rima, una maravilla digna de los mejores exponentes poéticos de la historia universal. La sutil trilogía pimienta-tormenta-menta hace a esta soberbia pieza de poesía merecedora del Nobel de literatura por sí sola. Muchos poetas han muerto –y morirán en el futuro– buscando la musa inspiradora que les susurre al oído una frase así.

Loco de Puerto Montt en espejo con salsa de palta, dressing César y camarón ecuatoriano salteado. Tal como las trilogías, ahora todo viene en “espejo”. ¿La traducción para un ciudadano cualquiera? Una capa –delgadísima, por cierto– de una salsa cualquiera. En este caso, se trata de un loco con palta molida. Lo de espejo no hace sino evidenciar que la salsa de palta será más bien escasa, como repartida con un pincel por el plato. Nada de porciones grandes, por cierto, ya que eso no es fino.

Lujuria de crema de fresa, sorbete de mandarina, leche de trufa. Postre que probablemente sea riquísimo. Pero de ahí a llamarse lujuria hay un paso, creo.

Trilogía Light. Otra vez la trilogía. En este caso, básicamente alguna fruta con un par de sorbetes sin azúcar. Casi no califica como postre.

Para el final he dejado un plato que me cautivó. No porque lo haya probado, ni porque los ingredientes me parezcan atractivos. Simplemente encuentro que la descripción superó cualquier cosa antes vista.

Paralelepípedo de queso cabra marinado al aceite extra virgen de oliva con tomillo, tomate confit, prosciutto de jabalí, con salsa de olivo y hoja del campo. Independiente de la cantidad y calidad de los ingredientes, nadie puede hablar de un paralelepípedo de queso de cabra. Simplemente espectacular, el colmo de la creatividad literaria, en este caso combinada magistralmente con la geometría. Sin embargo, tiene un grave problema: no podría pedirle al mozo este plato. O al menos no sin reírme sonoramente. Y eso, en estos lugares, es de pésimo gusto.

Servicio culinario

3.5.07 16 Comments

Siguiendo con el análisis pseudo culinario, esta vez me permitiré profundizar en el ámbito culino-servicial, término recién inventado que –independientemente de su desastrosa fonética– busca referirse a la implementación utilizada para servir la comida en las fuentes de soda, restaurantes olvidados, picadas y demás locales por el estilo que pueblan profusamente nuestro territorio.

Porque si bien nuestro país tiene una comida más bien aburrida –tomaticán y otros casos puntuales aparte, para que no se enojen algunos– en lo que se refiere a la decoración e implementación de los locales gastronómicos podemos dar cátedra a nivel mundial.

Sólo recuerde alguno de esos restaurantes de pueblo en los que todos hemos estado alguna vez, perdido entre casas de adobe y calles de tierra, de esos de comida bien casera. Uno de esos locales familiares, que como gran exclusividad, anuncia que es “atendido por su propio dueño”. Cierre los ojos y trate de visualizar la implementación utilizada para servir la comida. ¿Ya se está riendo? ¿Todavía no?

Trate entonces de recordar los paños tejidos a crochet por todas partes, las figuras de lapislázuli, los calendarios de Malta Morenita cuando Pamela Díaz aparecía en ellos y no en la televisión. Recuerde las fotos de paisajes alpinos, los relojes murales con abundancia de dorado, las flores estridentemente plásticas. ¿Ahora sí? Entonces vamos con el recuento.

Las mesas: primero lo primero. Porque para comer parados hay otros locales. En estos clásicos hay mesas, y qué mesas. Los clásicos son dos: patas de fierro blancas, cubierta de melamina blanca redondeada en las esquinas, con espacio entre las patas y la cubierta. Se agrega una perforación al centro para el quitasol en el verano. Propia de los locales menos refinados, por lo general son financiadas por alguna bebida, que puede gracias a eso publicitar su logo en el quitasol. La segunda opción, algo más “elegante”, es la mesa de patas de fierro muy delgado, negro esta vez, con una cubierta muy gruesa de esa melamina imitación mármol, idealmente en gris. Todo un lujo.

La loza: para comer se necesita poner la comida en platos, claro. A no ser que uno sea prehistórico o esté comiendo costillas. En fin. En este caso, los platos deben ser de cerámica bien gruesa. De esos que pesan kilos aunque estén vacíos. Siempre con los bordes saltados, y de diseños distintos mezclados en la misma mesa. ¿Los más clásicos? Flores de todo tipo, o color crema con una par de líneas en el borde, de dos tonos café o verde, por lo general. No es raro encontrarse con la variación del plato de vidrio verde, también muy grueso. Si el restaurante gozó de mejores tiempos, puede quedar algún plato –o taza, más comúnmente– de un juego de loza igualmente grueso pero con paisajes pseudo ingleses en azul. Si lo da vuelta, leerá claramente “Lozapenco”. Feliciano Palma que, pese a todo, sigue diciendo presente.

Los cubiertos: también denominado “servicio”, vaya a saber uno por qué cosas de la vida. Al igual que los platos, y más notoriamente, deben ser de diferentes juegos. Pesados y livianos, grandes y chicos, brillantes y opacos, una infinita mezcla de estilos, épocas e incluso materiales. Es imperativo que al menos un tercio de los tenedores tenga algún diente chueco, que terminará indefectiblemente clavado en el labio o el paladar del comensal. Si tiene la suerte de recibir un cubierto con el mango chueco, no cometa el despropósito de tratar de enderezarlo. De seguro quedará con un pedazo en cada mano, y recibirá la mirada de odio del dueño. Con suerte, porque probablemente se lo incluirán en la cuenta.

El mantel y los individuales: por lo general elementos excluyentes entre sí, los manteles e individuales de estos locales tienen una importante característica en común: son de goma. PVC, látex, lo que sea. Pero goma. Manchados, con los diseños gastados de tanto pasarles el paño húmedo por encima. Porque eso es lo más cerca que han estado, y estarán alguna vez, del agua. Claro, si para estar lavando hubieran comprado accesorios de género. Los motivos de los individuales –también variados en la misma mesa– son similares a los platos: muchas flores y líneas en tonos verde y café. En el caso de los manteles, también es común el clásico cuadrillé, de preferencia azul o rojo. El colmo de la elegancia es el escocés.

Para beber: junto con preguntar qué va a beber la dama, el mozo depositará sobre la mesa las clásicas cañas, esos vasos de vidrio grueso en los que nada cabe. Poco más grandes que dedales, siempre tienen los bordes picados y, detalle importante, están mojados. Por alguna extraña circunstancia, en estos locales los vasos se lavan, pero nunca –nunca, de verdad– se secan. En los locales más finos los vasos tienen algún relieve, por lo común un racimo de uvas o algún otro motivo frutal. El colmo de la fineza es el vidrio con un ligero tinte verde.
Si pide un trago, prepárese: tendrá que sacar torrejas de limón, naranja, pomelo o la fruta que el cocinero –si pregunta por el barman creerán que habla usted del superhéroe, no lo intente– haya encontrado, marrasquinos rojos y verdes, paraguas de papel y mucho más para lograr encontrar lo que pidió. Que por supuesto estará tibio y tendrá, sobre todo, mucha granadina.
Cuando pida hielo –tendrá que hacerlo, porque la bebida siempre viene natural– se lo traerán en un vaso de whisky, y a modo de pinzas vendrá una cuchara. Nostalgia pura.

Las servilletas: para el final, mi favorito. Las servilletas de estos locales –de papel, obviamente– son prácticamente impermeables. Es lo mismo que tratar de limpiarse con un trozo de Alusa Plas. Lo único que uno consigue es esparcir la mayonesa, palta o lo que sea que se quiere limpiar por el resto de la cara, para terminar más embetunado que una guagua comiendo sopa. Pero hay un paso más: el borde debe ser ondulado. No son grandes ondas, sino pequeñas ondulaciones que –creen los fabricantes, y los dueños de estos locales, y yo– les dan un toque especial. Una maravilla del diseño.
La guinda de la torta: cuando las servilletas antes descritas, en vez de estar dispuestas en el clásico servilletero de dos triángulos paralelos, van dentro de un cono de aluminio en la mitad de la mesa, formando a su vez otro cono al interior de éste. De esta manera, cuando se saca una servilleta todas las demás quedarán esparcidas por la mesa. Cuando eso pasa, no hay sombra de duda: estamos ante un verdadero local de culto.

Vocablos gastronómicos

27.4.07 15 Comments

Chile es un país eminentemente culinario. Aunque por lo general se trata de preparaciones más bien básicas. Nada de alta cocina, equiparable a la francesa. Nada de preparaciones sabrosas y picantes, como los mexicanos. La comida chilena es –no podía ser de otra forma– plana y un poco desabrida. Chilena, al fin y al cabo.

En lo que no nos quedamos, eso sí, es en términos culinarios y asociados a la comida. En eso sí que barremos a cualquier país. Porque aunque el chileno no aprecia la calidad culinaria, sí lo hace con la cantidad. O sea, le gusta lo que se denomina popularmente “la cachada grande”. El plato de camionero, prácticamente una fuente para comer a destajo. Lo que sea, porque lo importante, ya está dicho, no es la calidad.

Para entenderse –y comunicarse– adecuadamente en el ámbito culinario, conviene tener en cuenta algunos términos. Aquí algunos vocablos que cualquiera que no quiera morir de hambre debe conocer.

Tentempié: en una de sus acepciones, según la venerable RAE, un refrigerio. Vocablo ampliamente utilizado en Chile, sirve casi para cualquier comestible, salvo una comida bien constituida. Así, un sándwich a deshora, un paquete de galletas o un pastel pueden ser considerados dentro de esta denominación. Personalmente, me gusta la palabra. Tiene un ritmo interesante, un qué se yo que la hace atractiva. Un dato importante, eso sí: el tentempié no se come. En realidad sí, pero no a nivel de vocabulario. Eso de “comerse un tentempié” no pega ni junta. El verdadero tentempié “se sirve”.

Aliado: aunque en algunos empingorotados –qué palabra, se la voy a mandar al senador Ávila– círculos se conoce como Barros Jarpa, es aliado el nombre clásico para el sándwich de jamón y queso. En sus versiones fría y caliente, se ha constituido a través de los años como el favorito de todas las edades. Sin duda su nombre viene de la gran alianza que hacen los dos ingredientes, que en conjunto con un buen pan del día bien podría denominarse como Triple Entente. La aparición de las sandwicheras, esos notables aparatos que, enchufe de por medio, sirven para prensar un pan, han masificado su consumo a nivel doméstico. El aliado caliente ya es un producto masivo.

Choripán: simple contracción lingüística de “chorizo y pan”, excelsa combinación que debe estar presente en cualquier asado que se precie de tal. Hay algunas variaciones, principalmente en la parte “chori” del asunto: con longaniza, chorizo parrillero, choricillo cocktail, lugániga, butifarra y un sinfín de embutidos emparentados. En cuanto al pan, se trata por lo general de nuestra muy querida marraqueta –pan francés o batido, dirá algún provinciano– aunque algunos advenedizos en el tema utilicen hallullas. Puede comerse con agregados como mayonesa o pebre, aunque los puristas lo prefieren en su estado original.

Mayo: en nuestro país son cada vez menos los que se refieren a la mezcla de huevos, aceite y sal como mayonesa. Por flojera lingüística, deformación del habla o lo que sea, ya es simplemente “la mayo”. Cualquier combinación con este ingrediente acabará con la mutación del nombre original: papas mayo, choripán con mayo. ¿Las opciones de agregado para un sándwich? Mayo, palta mayo, tomate mayo…
Utilizada en ingentes cantidades, la mayo es un infaltable en cualquier preparación de boliche o fuente de soda de nuestro país. Incluso le pondrán en la mesa –o la barra, si es del caso– un pote de la citada preparación para echárselo a lo que sea que esté comiendo.

Ave todo: combinado con múltiples ingredientes, el ave es uno de los rellenos sandwicheros por excelencia. Ave palta, ave pimiento, ave huevo duro, ave mayo… La lista es interminable.
Conviene tener claro que el término ave se refiere pura y simplemente al pollo. Y este es un punto que nunca he logrado dilucidar. Porque si con ave se refirieran a las preparaciones con pavo, ganso, pollo, pato y demás plumíferos, pase. Pero no, sólo pollo. Pero el término es tan genérico que un equivalente sería, al pedir un churrasco palta, pedir un “mamífero palta”. O un “cuadrúpedo palta”, si se quiere ser un poco más específico.

Las paltas: rellenas con todo tipo de ingredientes, las paltas son un must en los restaurantes, fuentes de soda, hosterías, picadas y hogares de nuestro país. Pollo, atún, camarones y otros ingredientes, siempre mezclados con la infaltable mayo, son utilizados para hacer una pasta que servirá para rellenar, rebosando, la palta cortada longitudinalmente. No es que la preparación sea curiosa en sí, lo raro son los nombres: Palta Reina, Palta Jardinera, Palta York, Palta Cardenal, PAlta Primavera. Curiosas y rimbombantes denominaciones para simples, pero muy nuestras, preparaciones.

Casino: se refiere al lugar donde, por lo general en un colegio, universidad, empresa o cualquier sitio donde trabaje o estudie mucha gente, se almuerza. O se cola, que en Chile viene a ser lo mismo. Nada tiene que ver con los glamorosos locales de Montecarlo o Las Vegas. Ni siquiera con nuestros más humildes locales de juego de Viña, Iquique, Puerto Varas y otros. Aunque igualmente atiborrados de gente, en estos lugares no hay cartas no fichas en las manos, sino mal lavadas bandejas plásticas. En vez de música ambiental y sonido de tragamonedas, una mezcla infinita de conversaciones y ruido de cubiertos. Y un olor a comida insoportable, además de los vidrios transpirando el vapor de la comida y los comensales. Repugnante.

Postres de casino: cualquier casino que se precie de tal debe tener un menú que presente preparaciones básicas –casi indignamente básicas– con nombres altisonantes. En los postres esto es especialmente notorio: Carlota de plátano, Diplomático de chocolate, Ilusión de guinda, Delicream de chocolate o Rollo Alaska son denominaciones que sirven para describir –malamente, por cierto– preparaciones insípidas, cargadas a la gelatina, la sémola y el pan rallado. Por cierto, dudo que alguna vez un diplomático haya probado el Diplomático de chocolate, un budín de chocolate con pan rallado que, creo, debe estar lejos de lo que se come en una embajada.

Para servir o llevar: expresión que adquiere cada vez más relevancia en esta sociedad de la comida –y la vida– rápida. Es la pregunta de rigor cuando uno pide una bebida, un café, un sándwich o cualquier refrigerio –o tentempié– en un local de comida veloz. Lo extraño es que obviamente, aunque en primera instancia sea “para llevar”, la compra siempre será “para servir”. El punto es que el dependiente no está, filosóficamente, pensando en el fin último del producto, sino en un estado intermedio de su naturaleza. Es un pensamiento cortoplacista, que no indaga en el verdadero ser, deber ser y querer ser de, digamos, una hamburguesa. La expresión agota las posibilidades ontológicas del producto en su futuro inmediato, sin tener en cuenta su real dimensión. En fin, Chile nunca ha sido un país de filósofos.

Nuestras maravillas

23.4.07 11 Comments

Hace algún tiempo se está realizando a través de Internet una votación a nivel mundial para determinar las “nuevas siete maravillas del mundo”.

Para votar, hay un surtido de candidatos bastante dispar, entre los que destacan obras de arquitectura modernas como el edificio de la Ópera de Sydney o la Torre Eiffel. Hay también clásicos algo más antiguos, que se acercan un poco más a lo que personalmente considero como maravillas, como las pirámides de Gizeh, en Egipto, el Taj Mahal, el Coliseo, la Muralla China o la Acrópolis de Atenas.

Hay, eso sí, algunas “maravillas” que son, por decir lo menos, decepcionantes. La Estatua de la Libertad o el Cristo Redentor, por ejemplo, me parecen como metidos a la fuerza, como por hacer número. Al final, son un par de estatuas, para eso postulamos a Pedro de Valdivia o al General Baquedano de la plaza Italia. Una estafa.

Y por supuesto, cómo no, el candidato chileno: los moais de Isla de Pascua, gloriosos antepasados de Hotuiti. Los mismos que el padre de la ministra de Bienes Nacionales intentó –con ánimo pedagógico, claro– destruir.

Pero Chile es mucho más que algunas estatuas de rasgos algo duros mirando el mar. Mucho más que unos monos para recibir las frustraciones del progenitor de una ministra. En Chile hay muchas maravillas, sí señor. Aquí mis propios candidatos a ser las Maravillas chilenas, sitios de innegable atractivo para el chileno, que según muchos no desteñirían al lado de ninguna maravilla mundial. Pero que en realidad… Bueno, vote usted por la que prefiera, o simplemente proponga la suya.

El Morro de Arica. Sólo en Chile puede tener tanto valor una piedra. Al final, el morro no es más que eso: una piedra –grande, está bien, pero piedra al fin– a la orilla del mar. Y vamos dándole con la piedrecita famosa, con la bandera flameando en la punta, hasta con museo, que muestra la historia de la batalla. Sí, porque se la quitamos a los vecinos en sangrienta batalla, corvo en mano y tomando chupilca del diablo, esa mezcla de aguardiente y pólvora que, dicen, hacía invencibles a los rotos chilenos. No fueron pocos los que murieron en la lucha. Y todo por esa miserable roca. Y no son pocos los que han muerto después lanzándose –la mayoría de las veces con auto y todo– al mar desde la altura. Maravilloso, ¿no?

La Portada de Antofagasta. Otra piedra. Cualquiera diría que en Chile no tenemos piedras, que a cada piedra que aparece le hacen tanto chiste. ¿Cuál es la gracia de esta otra piedra? Que tiene un hoyo. En realidad, parece un arco. De fútbol, por ejemplo. En el mar. Ya. ¿Y qué más? Nada. De verdad. Pero la gente se saca fotos en el mirador, con la Portada detrás, como si fuera la gran cosa. Y sí, es una piedra grandota, que el agua la ha ido erosionando y bla bla bla, pero tampoco es para tanto. Salvo que uno se imagine clavándola, con certero tiro libre, en el ángulo, allá donde las arañas tejen sus redes. Y ni así.

El Salto del Laja. El equivalente nacional a las cataratas del Niágara, a Iguazú, al Salto del Ángel en Venezuela. En versión de bajo presupuesto, eso sí. Durante años tuvo la afluencia de público asegurada, gracias a su hermosura, el caudal de las aguas que caían estruendosamente al vacío, a su ubicación a un costado de la carretera y, por supuesto, a su famosa hostería. Pero los tiempos de bonanza han quedado atrás: la nueva carretera, con un simple pero letal bypass, dejó lejos del alcance del común mortal el famoso salto. Como si fuera poco, además de desviarse hay que pagar un peaje, todo para llegar a un salto que no es ni la sombra de lo que fue. El agua que cae es como si alguien hubiera dejado la llave corriendo un poco más arriba. Menos gracia imposible.

El Faro de La Serena. En una lista de maravillas no puede faltar una monumental obra arquitectónica. Y esta obra sin duda cumple con los requisitos. Aunque nunca he comprendido el atractivo que el Faro ejerce en la gente. Una torre insípida, que lo único que hace es proyectar un haz de luz. Fome. Pero para los serenenses es su máximo orgullo, sólo comparable a las papayas –símbolo inigualable de esta tierra– y todas sus formas: confitadas, en conserva, mermelada, jalea y un largo etcétera. Tan representativo es que, en el cada día más famoso Festival de La Serena, el premio es un Faro. Espantoso.

La Cruz del Tercer Milenio. Siguiendo con las monumentales obras, una de las más espantosas de la que se tenga noticia por estos lados. Ubicada en Coquimbo, algunos dicen que se debe a la eterna rivalidad entre esta ciudad y la aledaña La Serena, con su ya mencionado Faro. Como los clásicos futbolísticos entre papayeros y piratas ya no alcanzaban, los coquimbanos decidieron pelearle al Faro el honor de ser la obra más despreciable de la región. Y lo lograron con este verdadero adefesio que, además de horrible, tiene una ubicación que lo hace destacar todavía más. Lamentable.

El Falo de Machalí. Para cerrar la lista, obviamente tiene que aparecer una estatua o escultura. Me puse a pensar: todos nuestros obeliscos –que no son pocos, por lo demás– son insignificantes; en los monumentos a los próceres por lo general no corresponde el nombre con la imagen, y pasan cagados por las palomas; el Mapuche del Santa Lucía parece Sioux. Al final, llegué a una conclusión: la única escultura que merece ser declarada una maravilla es el tristemente célebre Falo de Machalí, obra de Mauricio Guajardo. Ese aparato sexual XXL, financiado por el Fondart, fue instalado –y desinstalado– en el pueblo de la Sexta Región, para terminar –según dicen, porque no me consta– en Rancagua. Perdonando el lenguaje, sólo en este país un pico de piedra puede generar reacciones tan destempladas, verdaderas campañas públicas para exigir el retiro de la escultura. Sólo acá pueden existir grupos como El Porvenir de Chile, que aleguen por la inhiesta figura. Disculpándome de nuevo, pico con ellos. Esa sí que sería maravilla.

Chile, país de capitales

19.4.07 10 Comments

Si bien nuestro país tiene a Santiago como su capital oficial, las capitales son una obsesión entre nuestro pueblo. Es así como cada ciudad, e incluso cada infecto pueblucho perdido en el último rincón de esta larga y angosta faja de tierra –siempre me he preguntado a quién se le habrá ocurrido tamaña cursilería– es capital de algo. De lo que sea.

Así, tenemos en nuestro país infinidad de capitales, cada una con sus peculiaridades y su atractivo. Basta darse una vuelta por los pueblos de nuestra patria para descubrir ese lado B de Chile, ese universo paralelo en que los habitantes del más pequeño caserío juran que son la capital de algo. Lo triste es que es cierto: la mayoría de las veces son la capital del abandono.

Aquí va una lista de las, a mi juicio, más famosas e importante capitales de nuestro país. Todas conocidas metrópolis, por cierto, que cualquier conocedor de lugares exóticos debería visitar. Aunque sea para reírse. Se incluye, a modo de guía turística, lo que debe –y no debe­– hacer el visitante.

Chimbarongo, capital del mimbre. Todo tipo de muebles, juegos de terraza, cunas, coches, canastos. Sobre todo canastos. Chimbarongo es, sin duda alguna, la capital del mimbre. Y así se encargan de hacerlo saber sus habitantes a todo quien quiera oírlos. Y a quien no también. Los carteles informando su rango de capital inundan la carretera a la altura de esta pintoresca metrópolis, y los puestos de venta de artesanías se suceden uno a otro. Francamente, nadie puede estar orgulloso de ser la capital del mimbre. Salvo los chimbaronguinos –¿será ese el gentilicio?­– y, obviamente, las autoridades comunales. Si no se anima con el pueblo, es obligatorio visitar, al menos, los locales al lado de la carretera.
Imperdible: comprar un canasto, en cualquiera de sus formas y tamaños.
Por ningún motivo: ir exclusivamente a Chimbarongo. Si va pasando, pare y dé una vuelta, pero no se le ocurra viajar sólo a eso.

Pomaire, capital de la greda. Nadie pude discutir la calidad de capital de este bello pueblo ubicado en la zona central de nuestro país. Ya sea que esté buscando una fuente, pailas, jarros o alcancías, Pomaire es el pueblo donde comprar artefactos de esta oscura arcilla. Con la modernidad, además de incorporar el torno a la fabricación de los elementos –aunque todavía se puede encontrar a quien realice las artesanías completamente a mano– el color ha hecho su aparición. Los grifos de greda, amarillos y de todos los tamaños imaginables, son de lo más feo que se pueda ver por estos lares.
Imperdible: comprar un chanchito alcancía, de los que hay que quebrar para recuperar los ahorros.
Por ningún motivo: adquirir un grifo amarillo tamaño natural. De greda, claro.

Valdivia, capital del remo. ¿Quién podría tratar de competir con la hermosa capital de la recién creada Región de los Ríos –lo que la convierte en doble capital, por lo demás– su calidad de capital del remo? El Calle Calle, el mismo donde se baña la luna, acoge cada día a los remeros y remeras –ojo que una letra sí hace diferencia– que, esforzadamente y en todas sus variaciones en número y ausencia o presencia de timonel, lo recorren practicando la bella disciplina que tantas satisfacciones ha dado al deporte nacional. No pocos de los comentarios de Julio Martínez han tenido a deportistas valdivianos como protagonistas. Y eso ya justifica su nombramiento como capital.
Imperdible: aunque no tenga que ver con el remo, ir a la cervecería Kunstmann y tomar cerveza sin filtrar.
Por ningún motivo: realizar un tedioso paseo en barco por el río. Menos todavía ir a ver cisnes y otros pajarracos a la reserva natural que hay por esos lados. Aunque dicen que cisnes quedan pocos.

Curacaví, capital de los dulces chilenos. Este es un título discutido, polémico, que da para interpretaciones. Aunque Curacaví se autoproclamó capital de los dulces chilenos –que por cierto los tiene notables, como los Parolo y los Issa– hay un par de localidades más que le pelean el título: Curicó –que como un modo de tener exclusividad, vende tortas curicanas, que en la práctica son lo mismo que los dulces chilenos– y La Ligua, que ambiciosamente quiere ser capital de los dulces y capital de los tejidos. Como una manera de zanjar el tema, propongo dejar desierto el título de capital de los dulces chilenos, otorgando a modo de consuelo los siguientes títulos a los pueblos en disputa:
La Ligua, capital de los tejidos. Por algo tienen el chaleco más grande del mundo.
Curacaví, capital de la chicha, con cueca incluida.
Curicó, capital del ciclismo. Las ciclovías abundan, y grandes ciclistas de todos los tiempos han nacido en esa ciudad.
Ya que el título está desierto, no hay imperdibles ni prohibiciones.